La marcha de un tiempo nuevo

La oposición cada vez encaja menos en esta nueva Argentina
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La AEA, y el lobby de las corporaciones por la “Patria Privada”.
19 abril, 2011

 

Walter Barboza

¿Qué hacer con eso que se nos ofrece a simple vista y como naturalizado? ¿Cómo romper con esas lógicas de reproducción del inmovilismo? ¿O será que el auge de las luchas sociales, que permitieron las grandes transformaciones de los sistemas políticos y económicos durante los siglos XVIII, XIX, y XX; no son más que la construcción de un mito? La vida cotidiana es la simplicidad, o la realidad simplificada por los procesos comunicacionales. Vivimos a diario asediados por un caudal de información que narcotiza, que reduce la complejidad del mundo moderno a simples esquemas informacionales. ¿Acaso perdimos el sentido de los grandes relatos?
No son fenómenos nuevos, son el resultado de un fuerte proceso de mundialización de la política y la cultura. La globalización, expresión más novedosa de este fenómeno, emergió como resultado de un largo proceso de construcción del capital transnacional. Su triunfo, fue el triunfo de la economía de mercado, siendo la sustitución del estado por el mercado, y fue el inicio de un proceso regresivo de distribución de la riqueza que, en el caso de la República Argentina, irrumpiera el 24 de marzo de 1976 y concluiría con los episodios del 19 y 20 de diciembre de 2001. Esos hechos no marcan el fin de un gobierno caracterizado por su incapacidad política de resolver los graves problemas sociales que por entonces aquejaban al país, sino el fin de una época y el inicio de otra. Fernando de la Rúa no es más que una circunstancia de la historia, pues ni siquiera él tendrá la oportunidad histórica de devolver lo mucho que, una de las sociedades más igualitarias y progresivas del mundo, fue perdiendo por los profundos cambios estructurales que se produjeron en ese período.
Argentina fue uno de los tubos de ensayo de las recetas de corte neoliberal que avanzaron sobre América Latina en la última década del siglo pasado. Fue el desguace del estado, con su consiguiente proceso de privatizaciones. El despido masivo de los trabajadores pertenecientes a las empresas estatales, el ajuste fiscal, la paridad cambiaria, la fuga de capitales, el achicamiento de los presupuestos destinados a mantener las estructuras del estado de bienestar, la flexibilización y precarización del empleo, la pérdida de derechos laborales, la creciente desocupación, la privatización de las cajas de jubilaciones. La privatización de la vida en todos sus órdenes. La exacerbación de lo privado en desmedro de lo público, y todo en el marco del mezquino paradigma del “Sálvese quien pueda”.
Marcan los sucesos del 19 y 20 de diciembre un cambio de época. No el fin de un ciclo, que implicaría la vuelta atrás para el inicio del mismo; tampoco el fin de una etapa que daría lugar a otra que le sigue en un orden de correlatividad. Es el inicio de un cambio profundo en las mentalidades y perspectivas. En las formas de mirar y concebir al mundo; porque ahora el hombre se reconoce como “un hombre inacabado” que puja por superar la idea del fin de la historia y la muerte de las ideologías; un gran relato sin construir; un hombre que busca nuevas definiciones que le permitan dar cuenta del momento histórico que vive.
No es el surgimiento del “Hombre Nuevo”, pero se asemeja. Es la ferviente necesidad de explicar lo ocurrido. Paradojas de la supuesta “posmodernidad”, hay un creciente caudal de literatura que revisa el pasado de la Argentina desde sus orígenes como patria naciente hasta el presente. Es el insumo que es vital revisar para dar cuenta del proceso político que vive la Argentina y América Latina. En la sinuosidad de esos caminos seguramente encontraremos algunas de las respuestas que puedan dar cuenta del presente.
Sólo en las páginas de los diarios más honrosos, y que ven con mirada “crítica” (en su sentido analítico) el desarrollo de la situación política, discurren algunas de las claves de la época. Señalan, entro otras cosas, el fin del “Consenso de Washington”, los debates por la participación de los trabajadores en las ganancias de las compañías estatales y privadas, un creciente proceso de distribución equitativa de la riqueza, el desarrollo de políticas de estado orientadas a atender las demandas más urgentes: asignación universal, recuperación de las cajas de jubilaciones, movilidad jubilatoria, recuperación de aerolíneas, intervención del estado nacional como socio accionista en las empresas estatales que habían sido privatizadas, paritarias anuales para todas las organizaciones sindicales, puesta en valor de las políticas de DD.HH. que vienen a destacar el papel desarrollado por los organismos de ese tipo durante treinta años; la creación de nuevas universidades nacionales en el corazón de los grandes conglomerados urbanos; ley de medios para la democratización de la palabra, la recuperación de la política como una herramienta de transformación social.
El cambio de época destaca la necesidad de comenzar a ser protagonistas de nuestra propia historia. Si San Martín, Bolívar, Monteagudo, Moreno, Belgrano, entre otros, no hubieran creído posible liberar a la América del Sur, otro hubiera sido nuestro destino. Y sin embargo sembraron las bases para la constitución de los nuevos estados nacionales.
¿Acaso no fue suficiente la potencia discursiva de esa convocatoria a las nuevas generaciones a trabajar por un país más justo y equitativo, que expresara en su momento Néstor Kirchner? ¿La interpelación a las nuevas generaciones no cambia el rumbo y el sentido de la historia? ¿No deja atrás esos discursos de los cuales da cuenta el sociólogo chileno Hugo Zemelman acerca de la experiencia de la posmodernidad? ¿No explica esa creciente movilización juvenil, la exhortación de Paulo Freire a la “lucha” y el “dominio político” para generar las condiciones de transformación? ¿No da respuesta al planteo de Zemelman, sobre cómo construir la historia en la cotidianeidad?
Asistimos al inicio de una nueva época en la que todavía nos cuesta visualizar las formas, y los modos, en los que la sociedad da sus primeros pasos en la búsqueda de esas definiciones, sobre las cuales las ciencias sociales deberán dar cuenta. Se trata de los primeros pasos de un proceso de acumulación que, en el marco de la profundización de ese proceso, serán beneficiosos para las generaciones futuras.
La puesta en valor del rol del estado, como la única herramienta capaz de garantizar la constitución de un país más justo, libre y soberano, la construimos a diario y quizás sin darnos cuenta. ¿Cuántos de nosotros aportamos a esos objetivos sin ser plenamente concientes de los mismos? Tomemos las palabras de Paulo Freire para comprometernos en ese camino. Asumamos que el estado es un estado en permanente construcción como nuestra democracia; que es un espacio de disputa; que está siendo disputado incluso al calor de las propias organizaciones que conducen el proceso político y que muestran contradicciones en su puja por establecer cuál de los proyectos en pugna es el más acertado para garantizar los objetivos de esa nación que soñamos. La educación, en todos sus niveles, es otro de los escenarios donde esa disputa se visualiza. Asumamos nuestro compromiso que la hora requiere; no reneguemos de los instrumentos de los cuales disponemos; no seamos meros espectadores de uno de los momentos más sustanciales que presenta la historia; la profundización de la democracia necesita de voluntades que intervengan comprometidamente. Ese objeto de estudio, que visto desde lo social, lo político, lo antropológico, lo sociológico, es la democracia y todo lo que ella implica, necesita de la intervención de la sociedad; pues como dijo Juan José Castelli, Representante de la Primera Junta en el Ejército del Alto Perú: “La revolución no será un té servido a las cinco de la tarde”.

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