Para tener en cuenta
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Mónica Sladogna

Dice Paul Ricoeur en su libro “Política, sociedad e historicidad” que cuando una comunidad constituye un relato, constituye al mismo tiempo el sentido de su existencia, así afirma:   “Por larga y distendida que sea la mediación histórica, su estatuto mismo de mediación no puede ser comprendido más que por la categoría de historicidad.  Por categoría de la historicidad, entiendo la inserción del existente presente en un curso de la historia –la copertenencia a la misma historia de aquel que narra y de los acontecimientos narrados-, la constitución conjunta y recíproca de la historia del pasado, en una historia de las tradiciones, y de un sentido de la existencia presente, partiendo de lo cual un individuo, un grupo, un pueblo, una nación, reanudan su historia.  En suma, la historicidad designa la relación circular entre la razón histórica y el sentido acordado al presente por el sujeto del relato”.

Quizás porque se trata de armar un relato inserto en nuestra historia, la presente, la que vivimos y la que vivieron quienes hoy lo sentimos más que nunca nuestro, los reconocemos como parte de nuestro pueblo, los rescatamos del olvido, es que me permito citar estos párrafos del “Loco Dorrego.  El último revolucionario” de Hernán Brienza, ya que junto con Ricoeur considero que comprender un texto es hacer patente nuestra situación, pero esta comprensión no es individual se construye colectivamente, en conjunto, en comunidad, junto con el pueblo:

“La elite dirigente porteña había logrado sacarse de encima, por ahora, a ese hombre molesto, incordioso, con escrúpulos, incorruptible y que además no sabía de concesiones –error que se paga caro- para actuar en política.  Y como si fuera poco, tampoco sabía quedarse callado: Dorrego era sincero, espontáneo en sus acciones, no podía medirse antes de herir a sus enemigos y su ímpetu y orgullo le generaban adversarios a cada paso.  Pero había algo más.  Y tal vez fue eso lo que marcaría su destino: tenía una excelente relación con los humildes, con los orilleros, con los negros, con todos aquellos que la gente culta despreciaba por considerarlos integrantes del populacho.  Manuel era sindicado como 2demagogo”, “populachero”, y, ante esa acusación vacua, Manuel sonreía mordaz, burlón, y dejaba al desnudo la hipocresía de quienes él consideraba poco más que aristócratas del viejo régimen”

Por último, un cielito que rescata Brienza y que da cuenta de la canción popular como forma de honrar a Dorrego:

“Cielito de los civiles / cielo de vías legales / que siempre secta unitaria / reclama de los federales.  /  En el siglo de las luces / que tanto han vociferado / vemos atentados bruscos / de un pueblo incivilizado.  /  Cielito, cielo de plata, / Cielito de la montonera, / aunque no tienen cultura / no harán acción tan grosera.  / La sangre que derramó / Lavalle sin miramiento, / en Navarro de Dorrego / despide un fatal aliento.  / Cielito y cielo nublado / por la muerte de Dorrego / enlútense las provincias / lloren cantando este cielo”…

Me parece que el rescate de Manuel Dorrego nos permite comprender nuestra historia y nuestro presente.   Es también nuestro presente del que nos sentimos parte construyendo una historia común el que nos permite y obliga a rescatar a Dorrego del olvido de la historia escrita por pocos y para pocos.

 

Juan Quesquén
Juan Quesquén
Periodista.

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