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Walter Barboza

Antonio cruza el umbral de la puerta que separa su casa de la línea municipal. Carga una sonrisa que se ensancha en la medida en que sus ojos van descubriendo a los visitantes. Soltará dos palabras en “quechua”, la lengua materna que aprendió en Bolivia hace varias décadas, cuya profundidad sólo sus visitantes conocen y dimensionan: “Inti-Churi faltones”. La alegría lo desborda a más no poder, pues los espera en las noches húmedas de invierno de esa ciudad que se haya recostada contra el Río de La Plata y que nada tiene que ver con la altiplanicie de Oruro, capital del carnaval boliviano. Espera a sus visitantes con los que compartirá momentos imborrables. La transferencia de esos saberes narrativos, el historial de su pueblo, la resignificación de los pueblos originarios, son los segundos de una eternidad que permitirá construir un legado. Porque aunque Antonio no lo supiera, él era un docente que paradójicamente trabajó como portero de la Escuela Nº 2 de Berisso.
Migrante silencioso, llegó allí como parte de los azares que fue sorteando en su periplo a la Argentina. Primero fue el barrio Mosconi en Ensenada, después Berisso. Corría la década del ´60 y Antonio apenas expresaba algunas pocas palabras en español, con las que con muchas dificultades se hacía entender.
Siempre recordaba cuando una noche de desarraigo caminaba con desgano por al estación de trenes de la ciudad de La Plata, hasta que escuchó el sonido de unos instrumentos musicales que lo remitían a su pueblo. Pronto esos sonidos iniciales se fueron convirtiendo en la claridad de las notas musicales de un charango, una zampoña y una quena. Así fue como conoció a un grupo de estudiantes universitarios que, en un bar de la zona, intentaban formar un grupo de música andina. Fue en ese instante en el que se produjo una suerte de “erupción artística” en la que su vida cambió por completo. Volvía a incursionar en la música y a complementar su tarea como charanguista con la profundización de su trabajo como artista plástico.
Entonces comenzó a pintar. Pintó durante todas las noches de su vida: Motivos andinos, unas pinceladas que delataban el tono costumbrista de su imaginario, cierta nostalgia de las prácticas culturales. Una acumulación de cuadros que serán motivo de estudio, de consideración para el mundo de las “Bellas Artes”.
No tuvo hijos, porque la vida le regalo otros que, haciendo saltimbanquis todos los días de los últimos veinte años del calendario escolar, revoloteaban a su alrededor al grito de “Hola Antonio”. Y también tuvo otros a los que parió en esas noches de mate dulce y música popular: Gaby Milloc, Hipólito Madariaga, y tantos otros. Sus amigos entrañables Jorge Drkos, Carlitos Abalo, los que lo acompañaron en las soledades de la vida en la llanura.
Tipo “querible” este Antonio que, por esas cosas que son una regla en la vida, se nos fue el martes 26 a las cinco de la mañana. Vaya paradoja, decidió descansar definitivamente a la hora que solía levantarse para calefaccionar la escuela en la que trabajaba. Nos dejaste tu sonrisa, tus lecciones de vida, los destellos de tus cuadros, las composiciones musicales que nunca llegaste a grabar, tardes y noches de peña en escenarios desconocidos.
¿Creías que yo no iba a llegar Antonio? ¿Que uno de los hijos que adoptaste estaba enojado y que por eso no venía o una cosa parecida? Y sin embargo, cuando abriste los ojos ahí estábamos los dos recordándonos las anécdotas que nos dejó la vida. Hubiéramos preferido que fuera en una ronda de mates y en mejores circunstancias, peor no pudo ser. Nos quedaron charlas pendientes “Antonito”, pero hagamos de este momento un momento de felicidad en honor a la inconmensurabilidad de tu persona y dejemos para otra ocasión las conversaciones inconclusas. Los que nos quedamos te recordaremos con sumo cariño, e intentaremos replicar los ecos de tu palabra, ahora que decidiste viajar y tomar vuelo entre nubes y cerros colorados. Hasta siempre amigo, tus “Inti churis”, aunque diseminados, te esperan para ejecutar la próxima canción.

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