Acerca de los intelectuales, sus estereotipos y modelos en la Argentina

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Paula Giacobone nos entrega algunas reflexiones a propósito de la definición de “intelectual”, su papel en el proceso político argentino, sus definiciones y modelos. La construcción de su perfil en los años ´90 y el presente. Las preferencias de los estudiantes en la Universidad Nacional de La Plata y lo que indican los datos.

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Fotografía: Fabián Minetti (Argentina). Vista del Congreso Argentino y «El Pensador» de Rodin.

Por Paula Giacobone

Paula Giacobone nos entrega algunas reflexiones a propósito de la definición de “intelectual”, su papel en el proceso político argentino, sus definiciones y modelos. La construcción de su perfil en los años ´90 y el presente. Las preferencias de los estudiantes en la Universidad Nacional de La Plata y lo que indican los datos.   

Los intelectuales forman parte de una esfera colectiva. El prototipo intelectual se piensa funcionalmente, tal como Antonio Gramsci observó a principios del siglo XX. Es atractivo analizar desde los ojos gramscianos, como lo hacen políticos o sociólogos, al intelectual argentino; aunque más interesante sería tener en cuenta el contexto propiamente nacional. Se puede decir siguiendo a Gramsci, que el «intelectual orgánico» es quien cumple la función de aportar y sostener el poder hegemónico. Ahora bien, también se puede hacer la interpretación siguiente: el intelectual orgánico es quien tiene la función de aportar y sostener al poder de turno. Aquí hay una diferencia de interpretación que no es ingenua. Pero más allá de las ideas gramscianas, hay otros pensadores que hablaron de la categoría “intelectuales”.

El filósofo Robert Nozick,  dice “No entiendo por intelectuales a todas las personas inteligentes con cierto nivel de educación, sino a aquellos que, por vocación, tratan con las ideas, según se expresan en palabras, moldeando el flujo de palabras que otros reciben. Estos forjadores de palabras incluyen a los poetas, novelistas, cánticos literarios, periodistas de diarios y revistas y numerosos profesores”. Esta definición queda inmiscuida en un texto en donde el ex profesor de Harvard se propone pensar porqué los intelectuales se oponen al capitalismo. Luego continúa: “…los que trabajan con medios visuales, pintores, escultores, cámaras. Contrariamente a los forjadores de palabras, la gente que se dedica a estas profesiones no se opone al capitalismo de un modo desproporcionado”.

No podríamos dejar de establecer una analogía muy particular: solo la concepción implícita que usa el filósofo liberal, se asemeja a la idea de intelectual que reaparece en algunos segmentos de la opinión pública, cuando se refieren a los llamados intelectuales “k”.  El razonamiento es el siguiente: por un lado el intelectual que existe, a entender de esta cronista, es el que está en contra de todo: ¿Cómo puede estar de acuerdo con algo? Por lo tanto: aquel que está de acuerdo no es intelectual y ello se traduce en: mientras más esté aquel en contra de algo, más intelectual será. De aquí, que se entable una carrera por quien es más crítico.

Decididamente el caballito de batalla propiamente intelectual es la crítica, pero a tal punto ha llegado esto a infiltrarse en el sentido común, que se cree que el que critica no tiene la obligación ética de explicitar qué es lo que defiende.

 Tenemos en principio una figura idealizada de intelectual, que no es justamente la de “libre pensador”, sino la de alguien ocultista, que encubre sobre todo un yo.

El más utilizado es el que aparece como “supra humano” objetivo que, al bajar de un planeta solitario, se mete en un programa de radio o televisión, y está en condiciones de dar parte sobre cómo está el país sin siquiera, a veces, haber vivido en él. Tal fue el caso de Mario Bunge el pasado mes  en una entrevista en radio mitre.

Ahora reconstruyendo el intelectual como fenómeno que acompaña a la política Argentina y sus propósitos, se podrían distinguir por una cuestión de espacio, dos tipos de intelectuales que emergieron en el ámbito público.

El intelectual prototipo de la década de los 90´ era el intelectual liberal, el que germinaba de facultades como economía y derecho para ingresar en la puja por el poder económico. Este pensador aparece desligado de la política, habla desde la dinámica económica como algo que tiene vida en sí misma como si ella se activara y desactivara sin ejecutores. Y en medio de este mecanismo,  su función es la de traductor. Su separación de lo ideológico se presenta como un logro, trata de no mezclarse con la masa, opera desde la gran biblioteca de su casa o de la oficina.

El grupo de intelectuales vinculado a las temáticas sociales, filosóficas y culturales, habiendo quedado relegado del espacio de influencia, a causa de su  supuesta inutilidad para los fines que el modelo neoliberal proyectaba, debió buscar modos alternativos para sobrevivir en los márgenes.

El otro prototipo es el de esta década, un intelectual ligado a la política y que es conocido por nombre y apellido, se sabe lo que piensa o al menos se le exige que así lo sea. Los que funcionan hoy como intelectuales no son los eruditos. La erudición caduca cuando el saber se torna saber práctico. Los que funcionan como voz cantante y sonante son quienes, quizás hicieron el siguiente razonamiento: detrás de un escritorio o escribiendo infinitos libros que unos pocos irán a leer, no se podría generar una dinámica cultural, sería preferible buscar el cambio desde lo colectivo. Y si para llegar a lo “colectivo”, se debería construir desde ciertos espacios políticos o mediáticos, pues entonces tendrá en sus manos la pre-decisión de involucrarse con lo que crea acorde a su posición. La elección por parte de los intelectuales de dar una opinión autorizada en un medio de comunicación y no en otro, no es ingenua, así como un actor tiene el poder de aceptar o no, el papel en una película.

Ante la apuesta por la reconstrucción del espacio de poder estatal en los últimos años, los intelectuales fundamentalmente sociales, han logrado salir un poco de sus sombras y ocupar espacios comunicativos, organizacionales, políticos, investigativos. Disciplinas que no se han considerado “rentables” o “útiles” en la década pasada, empiezan a desplegarse en la web y en centros de investigación en distintos lugares del país.

Revalorizando la figura de intelectual universitario que despacha Nozick, las tendencias en la Universidad de la Plata confirman en parte, como fue perdiendo lentamente peso el prototipo de intelectual de los 90´ como escudero de la propaganda liberal.

Según datos estadísticos de la Universidad de La Plata, en el 2002 el número de alumnos en Económicas era de 13.192 y en 2011 eran 12.526. En Derecho, de 15.250 alumnos (2002) a 11.495 (2011).  Mientras que, por poner un ejemplo en el mismo periodo Ciencias exactas 3272 (2002) a 5200(2011). También ingeniería, periodismo, trabajo social marcan una curva creciente hacia el 2011. Lo que significa que hay un traspaso de un tipo de intelectual universitario a otro con distinto perfil. La Universidad está generando actualmente menos “intelectuales del conflicto”: abogados y economistas,  y abre a otros caminos que incluyen al servicio social y la industria, entre otras actividades.

Juan Quesquén
Juan Quesquén
Periodista.

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