Cristina no va por la presidencia: Un golpe a las expectativas

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* Por Eric “Tano” Simonetti, dirigente del Nuevo MAS

El anuncio de que Cristina Kirchner no iba a dar la pelea para ser la próxima presidenta pateó el tablero político de Argentina. Un movimiento de piezas inesperado. En el medio de la expectación, el sismo no podía ser mayor. Desde los empresarios que ven a Macri derrumbarse y quieren un gobierno que les devuelva la rentabilidad pérdida hasta los trabajadores que ven pulverizado su salario.


La candidatura de Alberto Fernández

La significación de la candidatura de Alberto Fernández tiene muchos elementos. El más objetivo es la confirmación de un curso más moderado y conservador de la orientación política de Cristina Kirchner. La señal de que busca poner en pie un gobierno más de centro, un personal político más clásico que contenga la necesidad de reformas conservadoras que piden los empresarios pero bajo la estabilidad que un peronista podría prometerles.

Claro está que el empresariado soñaba con que Macri sea el nuevo liderazgo histórico que haga de la Argentina un país “normal y sin populismo”. Un lugar donde ellos sean vistos con buenos ojos, como piensan que sucede en EEUU. Pero Macri chocó el barco, no supo ni pudo emprender las grandes reformas antiobreras necesarias para “poner a punto” competitivo a Argentina… y el fracaso sobrevino. El gobierno de los ricos ya no encanta a nadie, ni a propios ni a extraños.

Un importante sector de los trabajadores también estaba entusiasmado con que vuelva Cristina. El contraste entre el presente de ajuste puro y duro con el pasado de miseria cotidiana pero sin derrumbe social era una fuerte base material para que la expectativa de la vuelta de Cristina pudiera evitar que todo siga empeorando y un nuevo ciclo de mejoras sociales sobrevenga. Cristina en el poder se estaba volviendo sinónimo, para amplios sectores sociales, de “restitución de derechos” perdidos bajo el macrismo.

Y de golpe todo cambió. Cristina resolvió no pelear por ser la nueva presidenta. Amén del operativo de “aclamación” de la figura de Alberto, que Cristina no sea la nueva presidenta significa un golpe directo a las expectativas de cambio que amplios sectores tenían. Si bien los seguidores de Cristina no esperaban que ella haga un cambio revolucionario, sí esperaban que detenga la destrucción social de Macri y comience a “sacarnos del infierno”. Pero el hecho de que ahora el candidato sea el otro Fernández hace que las expectativas no sean las mismas: es sabido que es un político moderado, conciliador con los grupos de poder, de estrecha relación con Clarín, con EEUU, con los poderes que sí o sí hay que afectar para tener margen de “distribución de la riqueza”. Por eso la decisión de Cristina Kirchner por Alberto Fernández actúa en la conciencia de millones como un factor conservador, en el sentido que baja la expectativa de cambio e introduce la idea de que “mucho bueno no vamos a esperar”, “el mundo cambió” y “la pesada herencia del macrismo será muy difícil de solucionar”. Un supuesto “baño de realidad” para justificar el curso conservador de la nueva fórmula presidencial.

¿Quién gobernará efectivamente?

Sin embargo, Cristina es candidata, ocupando el lugar de quienes históricamente son los aliados de quien gobernará. ¿Cambiará el tradicional hecho de que el vice carezca de poder y sea un lugar subordinado en la toma de decisiones? ¿Será Cristina la que dirija la fórmula y Alberto un candidato “táctico” para ensayar un grado de apertura y diálogo mayor con sectores de poder hoy enemistados? Muchos tienen la tentación (interesada) de pensar a la fórmula como un émulo de “Cámpora al gobierno – Perón al poder”. Pero las cosas son muy distintas, en primer lugar por el contexto histórico. Perón concentraba todo el poder del PJ, mientras que Cámpora funcionaba como prenda de unidad y expectativas del sector de izquierda del peronismo al que Perón había prometido el “socialismo nacional”. Acá Alberto Fernández es la representación del poder real del PJ, los gobernadores, los sindicatos de la CGT, empresarios, los intendentes, etc. En su figura sintetiza una parte importante de los podes fácticos de Argentina. Mientras que la figura de Cristina en la fórmula es la que concita la expectativa popular y los votos de millones.

Las relaciones de poder son complejas y no sólo una persona lo concentra. Pero en regímenes políticos inestables como en Argentina la conducción de los asuntos políticos del Estado tiende a concentrarse en la figura del presidente. De ahí que los liberales vivan quejándose de la falta de republicanismo en la forma del Estado argentino, en la falta de autonomía de la división de poderes. De ahí el papel muy subordinado que tiene el Congreso e incluso la Corte Suprema que oscila en la toma de decisiones en cuestión de horas por las presiones cruzadas de los poderes reales. Esta preponderancia del Poder Ejecutivo por sobre los demás poderes provoca que efectivamente los “atributos de gobierno real” caigan en las manos del presidente. Nunca sobre el vicepresidente. Por eso Alberto Fernández, en caso de ganar, será quién tendrá el poder real del Ejecutivo. Es esto lo que explica que todos los sectores del “peronismo racional”, como los gobernadores y los burócratas de la CGT, hayan salido a apoyarlo. Todos saben que el poder lo tendrá él y que en todo caso Cristina incidirá de forma subordinada. Es la recuperación del comando político del movimiento peronista del sector que durante todo el kirchnerismo fue desplazado hacia un lugar de acompañamiento. La vuelta del peronismo clásico, sin veleidades progresistas. Por eso los mercados, es decir, los buitres y banqueros del mundo, reaccionaron con calma luego del anuncio de la nueva fórmula presidencial.

Las tareas pendientes del empresario

El gobierno de Macri tenía un plan trazado por el empresariado: poner a punto la economía para hacerla más competitiva en el escenario internacional. Eso implicaba no sólo realizar un duro ajuste sobre las condiciones de vida de la población sino encarar una serie de reformas estructurales que pueden sintetizarse en la suba de edad de jubilatoria, la reforma laboral a la brasilera, y la baja de impuestos a las empresas. Pero se encontró con las enormes jornadas de protesta del 14 y 18 de diciembre de 2017 que sepultaron todo intento reformista. Fue el comienzo del fin de las expectativas que el empresariado tenía sobre la capacidad de Macri para hacer de la Argentina un “país capitalista normal”.

Luego todo se le vino abajo al gobierno. La incertidumbre sobre su capacidad de encarar las reformas imprimió sobre la economía una corrida contra el peso que no dejó de hundir el proceso económico, alimentó la inflación y dejó a Macri con sólo un 20% de imagen positiva. Hoy la amplia mayoría de la población no quiere que Macri siga gobernando. La confirmación de la candidatura Fernández-Fernández pareciera ser casi la estocada final a un gobierno fracaso. Habrá que ver si el “brillante giro táctico” tiene o no traducción en un triunfo electoral, pero el fondo de las cosas es qué hará el próximo gobierno. ¿Llevará a cabo las tareas que la burguesía le había encomendado a Macri? Sin dudas que los empresarios ya lo han manifestado más de una vez: ese es su programa y harán todo lo posible para que se realice. El tener ahora a Alberto Fernández, quien fuese de las huestes de Cavallo en su momento, lobbysta de Repsol-YPF después, contrario a las retenciones de la 125 y “agente” de Clarín, es un buen punto de partida en su haber para considerarlo un hombre propio, del establishment, alguien que sepa representar sus intereses sin chocar el barco como los de camiseta amarilla. Con sólo ver quién lidera su equipo económico las cosas se vuelven más claras y “tranquilizadoras” para el empresariado. Se trata de Guillermo Nielsen, un liberal que dice abiertamente que “El problema de la Argentina es que hay una diferencia entre lo que son las sucesivas capas de leyes, de regulaciones, de normas y de comprensión de la sociedad de cuáles son las posibilidades productivas que tiene el país. Hay leyes laborales que atrasan muchísimo, hay regulaciones inexplicables” (Revista Fortuna, 20/3/2019).

Una duda que puede ir despejándose en lo referente a la relación con el FMI es que fue Nielsen quien negociara con el Fondo bajo el gobierno de Néstor Kirchner y resolviera pagarle cada dólar que se le debía. Amén que se haga trascender la “firmeza” de esa negociación lo que puede quedarle muy claro a todos los tenederos de deuda argentina es que les Fernández “no van a ser locuras”. Recordemos: no fueron ellos quienes dejaron de pagar la deuda, sino Rodríguez Saa en diciembre de 2001, para luego volver a pagarla Kirchner en el 2003.

Así, la confirmación del rumbo amigable con los mercados financieros internacionales, los grupos de poder locales, del campo y la ciudad, los sindicatos de la CGT y CTA, la Iglesia Católica y la mayoría de los poderes fácticos hacen de la nueva fórmula F-F el intento de plasmar una verdadera “unidad nacional”, el esfuerzo clásico que ensaya toda clase dominante cuando su barco está en crisis y ansía enderezarlo para que no toque fondo. “Ordenar el caos” expresó Cristina. Nada de cambios: orden capitalista del normal, estable y confiable.

“Volver” se dice de muchas maneras

Durante los 12 años de gobierno el kirchnerismo construyó un ideario progresista. Sin cuestionar nunca al capitalismo como tal, se hizo de una cosmovisión de ideas nacionalistas, estatistas, a favor de los derechos sociales, etc. Cuando miles cantan “vamos a volver” no se trata sólo de volver a estar en el gobierno, sino de repetir ciertas condiciones económicas que mejoraron la situación de las masas luego de la debacle del 2001. Pero esas condiciones estructurales de la economía no existen: el mundo de la soja a 600 dólares y el boom de la industria automotriz es de un pasado lejano y el contexto mundial no da señales de “volver” en ese sentido. En todo caso, puede “volver” el peronismo sin que vuelvan las bases materiales que le dieron toda la épica igualitarista. ¿Se podrá “volver” a tarifas bajas y salarios por encima de la inflación pagándole al FMI toda la deuda, incluso renegociada? ¿Será posible “distribuir la riqueza” sin afectar las jugosas ganancias de los pools de siembra? ¿Cómo podría ser un país soberano si el FMI continúa siendo el pulmotor que necesita la economía para “sobrevivir”? O, en otros terrenos, ¿cómo se podrá legalizar el derecho al aborto si se avanza hacia una relación amigable con la Iglesia Católica? Claro está que no.

Por otro lado, no sólo fueron las condiciones económicas mundiales pujantes las que hicieron posible ciertas concesiones y beneficios para los sectores populares, sino un factor político fundamental: la inmensa rebelión popular del 2001. Un gigantesco proceso de organización y lucha desde abajo que gano durante meses las calles y le marcó la cancha a la clase dominante y a todos los políticos del sistema. Hubiesen sido imposibles determinadas conquistas posteriores sin la rebelión popular del 2001. La verdadera “magia” fue la lucha en las calles.

Las segundas temporadas del progresismo

La historia de América Latina es muy rica en experiencias de gobiernos nacionalistas y progresistas. Significativa en cuanto que puede verse que han repetido un derrotero común: suelen emerger con “veleidades progresistas” y otorgar ciertos “beneficios” sociales…. Pero a la larga terminan por transformarse en experiencias que no cambian cuestiones de fondo, estructurales, o inclusive, ensayan giros conservadores o directamente derechistas.

La experiencia del gobierno de Perón es ilustrativa en este sentido. Bajo su primer gobierno se apoyó en el movimiento obrero sobre la base de concesiones y derechos, mientras que su “vuelta” en la década del 70´ fue para contener y atacar el ascenso de luchas sociales motorizado por la clase obrera a partir del Cordobazo. Empezar por izquierda y terminar por derecha. Lo común: nunca sacar los pies del plato del sacrosanto orden social capitalista. Si en el primer gobierno lo mejor era dar gobernabilidad al sistema otorgando beneficios, en la “vuelta” lo mejor era atacar a todos los sectores más radicalizados que lo cuestionaban y ponían en peligro “la patria”.

Como señalamos antes, si bien los contextos históricos son muy distintos, el péndulo de “izquierda” a “derecha” se repite con el kirchnerismo. Emerge como un gobierno capitalista subproducto de una intensa lucha de clases con el fin de atemperarla y encauzarla en los marcos de las instituciones y hoy se postula como un gobierno del “orden” que promete rendir pleitesía a los poderes establecidos, continuar bajo el programa de recetas del FMI y EEUU y hacer las paces con los medios de comunicación como Clarín que envenenan la conciencia social para que aceptemos la opresión y el ajuste.

Salir del eterno retorno de lo mismo

Mientras que la Argentina siga repitiendo la oscilación entre gobiernos capitalistas, algunos más progresistas, otros más neoliberales, los graves problemas sociales de la inmensa población trabajadora van a continuar o se van a ir empeorando. Desde la década del 70´ en particular, el capitalismo no hizo más que engendrar pobreza creciente, empleo precario, enormes cantidades de desocupación, desigualdad social a niveles nunca vistos, recrudeció la violencia estructural hacia las mujeres reproduciendo el patriarcado, y está destruyendo el planeta. Es un proceso irreversible y creciente que hace que las distopías de la ciencia ficción se vuelvan parte del presente, no ya de un futuro. La única opción realista para ponerle un freno a este devenir antihumano es derribando la sociedad capitalista, quitarle el poder a los dueños del mundo y ponerlo bajo un nuevo orden social en manos de los trabajadores.

* Profesor de Filosofía y dirigente del Nuevo MAS de la Plata

Juan Quesquén
Juan Quesquén
Periodista.

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