Sin que el corazón se interponga…

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"La mayoría silenciosa", de Antonio Berni.

Opinión

Por Nadia Erice

Teóricos de todos los tiempos -semiólogos, politólogos, historiadores y de muchas otras profesiones- han tratado de analizar los movimientos políticos.

Diferentes paradigmas han resumido en simples párrafos, construcciones socioculturales que a un determinado colectivo, le ha llevado siglos construir.

Se ha teorizado sobre “populismo”, como una metodología de gobierno referida a un nacionalismo casi racial. Como una herramienta de dominación de las masas a través de un líder-dictador que hipnotiza con su oratoria.

Lo erróneo de estas teorías radica en subestimar el poder de raciocinio colectivo de un pueblo.

Laclau, por ejemplo, habló sobre los significantes flotantes, esos “elementos discursivos que fijan parcialmente el sentido de la cadena significante, constituidos en el interior de una intertextualidad que los desborda y cuya principal característica es su naturaleza ambigua y polisémica (Laclau, 2004).

Esas intertextualidades, no son otras que las disputas del poder para hegemonizar un discurso político, con sus prácticas y significados. Luchas de poder.

Argentina se ha convertido en el campo de guerra ideal para la disputa y construcción de un nuevo significante. Hacia donde miremos, se están llevando a cabo distintas batallas simultáneas.

Habría que poner una “pausa” a esta escena, para definir un poco el contexto político argentino.

Mauricio Macri, líder del partido vecinalista PRO, ganó con un 2% de diferencia en diciembre de 2015, después de doce años de un gobierno nacional y popular, cuyas políticas redistributivas, orientadas al crecimiento interno y también, si se quiere, proteccionista ante la crisis voraz internacional.

Los primeros seis meses del gobierno PRO, van en contramano. Se reducen en 150.000 despidos, 42% de inflación reconocida por el Ministro de Hacienda Prat Gay, tarifazos, denuncias por conflictos de intereses (políticos/empresarios sentados a ambos lados del mostrador) y decretazos que derogan, por ejemplo, una ley como la de Servicios de Comunicación Audiovisual, ampliamente discutida en el Congreso y aprobada con amplia mayoría; devolución de favores hacia el poder real, que le ordenó al gobierno actual borrar de un plumazo.

La legitimación del discurso hoy oficialista, radica en echarle la culpa de todas estas políticas antipopulares, a la “pesada herencia” recibida del Kirchnerismo. La herencia de subsidios en los servicios a los consumidores, de financiación de créditos para comprar la casa propia y el auto propio (Procrear y Procreauto). Del subsidio al transporte y al estudio universitario (Sube y Progresar), de paritarias superiores a la inflación. Y en la enumeración, quien corona en beneficios, fue la Asignación universal por Hijo, que redujo la mortalidad infantil, además de aumentar la escolaridad de los niños.

Pero volvemos a la escena “pausada”.

La derrota electoral de Scioli (el hombre que representaba la continuidad del modelo) provoca una ruptura interna, de distintas facciones del Partido Justicialista y el Frente para la Victoria, con algunos soldados que se suben al carro ganador del PRO, o del Radicalismo según el distrito.

Rupturas que generan una reestructuración interna del equipo -urgente- de cara a las legislativas de 2017 y que, como oposición PJ y FpV (juntos o no) recuperen terreno en el campo de juego, ese en donde se toman las decisiones.

A estas alturas, el significante flotante de Laclau, debería haber dejado de flotar para convertirse en pedacitos estrellados contra el piso.

Pero no. El Kirchnerismo y el PJ siguen vivos. EL PJ con una afiliación masiva que culminó en el mes de abril, y el Kircherismo de la mano de Cristina.

Cristina.

Cristina es el significante flotante. Las disputas de poder tanto internas como externas, pasan por ella. Para los propios y los de afuera. Porque las trincheras del PJ y el FpV se aúnan cada vez que reaparece públicamente.

Se fortalece como significante en cada ataque del oficialismo. CFK es la criptonita del Presidente en ejercicio.

Se la ataca desde diferentes flancos. Mediática y judicialmente y, con cada golpe, se fortalece.

 Los medios cubren sus llegadas a Buenos Aires desde Río Gallegos, cual rockstar internacional. Todos en vivo y en directo. Interrumpen sus programaciones. Y si no las interrumpen, dejan un recuadro en vivo y en directo, en un extremo de la pantalla.

Hablemos de la exposición de Cristina como el mástil de la reconstrucción política argentina. Como la conductora innegable de una doctrina de orígenes peronistas, cristalizados en el kirchnerismo. Cristina es más que una candidata.

¿Qué hace movilizar a cientos de miles, desde diferentes puntos de la Provincia de Buenos Aires? Militantes y no militantes, debajo de la lluvia, uno de los días más fríos de julio, la reciben en Aeroparque y acompañan hasta su casa en Recoleta.

Los teóricos adoran la oratoria de los líderes. Adoran el análisis lingüístico y semántico  de los discursos.

De lo que se olvidan, al momento de estudiar el éxito de un líder, es el amor y la entereza para defender una causa.

Lo que le sobra a CFK, es el amor del Pueblo que supo representar. Porque pragmatizó la política para transformarla en Justicia Social. Porque defendió la Soberanía Nacional, y espantó a los buitres de la Independencia Económica.

Y sin que el corazón se interponga, Cristina, el Pueblo le pide que vuelva. Que vuelva para reorganizar. Y que vuelva para ganar.