Repartiendo diarios por la madrugada

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Osvaldo Drozd

Desde que salgo todas las madrugadas en bicicleta a repartir diarios, conozco las calles de Berisso mucho mejor que antes, al menos tengo mucho más presentes, una cantidad de detalles que antes pasaban de largo, ya que por una cuestión meramente obvia uno no puede tener en la cabeza mucho más de lo que necesita. El detalle es importante, mucho más cuando desde siempre me consideré un detallista, pero claro, examinar la filigrana de un recorrido que concierne en dejar matutinos en determinadas casas, es algo totalmente nuevo. Uno debe saber que en determinada cuadra van tantos diarios y van en determinados domicilios, y que algunos hay que meterlos por debajo de la puerta o el portón del garaje, mientras que otros hay que tirarlos enrollados por encima del cerco o de las rejas, otros por las hendijas de una ventana, o por un ojo de buey. Maldición cuando tiraste un diario y pegó en las rejas o en un paredón y se quedó en la vereda, y te tenés que bajar y volver a tirarlo, o cuando teniendo que descender de la bicicleta, para enviar el periódico por debajo de una puerta, tenés que hacer que el pedal se trabe sobre el cordón, y crash, el peso hizo que la bicicleta se cayera y los diarios se desparramaran y se desacomodaran en el piso, y tenés que volver a ordenar todo para poder seguir. Bueno, estos son accidentes que te pueden pasar y que sin dudas te hacen putear a todos los que compran esos pasquines por los cuales uno no pagaría ni un centavo, pero no todo es pálido y negativo, sino no estaría escribiendo sobre ello. Es más, si lo hago es porque encontré ese lado que me gusta, y que por ese motivo justifica que lo haga.

Salir antes del amanecer un día de semana, en bicicleta y recorrer las calles casi desiertas es impagable. No tanto los fines de semana, cuando tenés que andar esquivando vidrios de botellas rotas, o cuidándote de aquellos que corren en motos con caño recortado, para que no te choquen. Eso sí, cualquier día de la semana, perros callejeros por la noche hay a montones. Decí que sólo ladran…

 

Aquella madrugada, una de las primeras, cuando había salido a hacer el rutinario paseo en bicicleta, me detuve un momento en un tramo de esa calle, en el cual seguramente nunca antes había estado, a pesar de la relativa cercanía con respecto de donde vivo. El desnivel en el asfalto, hizo que tuviera que esquivarlo y tener que acercarme al cordón de una vereda poblada de pasto mojado por el rocío, cosa que me obligó a detener la marcha por un instante. Las ramas del sauce desde el costado de la vía, y por encima de mí, me impedían la visión mucho más allá de veinte metros, y algunas gotas de la copa salpicaron en mi cabeza, mientras la niebla vaticinaba que hasta que no saliera el sol, iría a mantener su distorsionante presencia.

La vivienda más cercana al lugar descrito, me despertó curiosidad y me hizo pensar por su fachada, que la gente que viviera ahí, deberían ser personas que seguramente si las conociera serían de mi agrado. Ver una casa sin saber quienes viven en ese lugar, siempre me genera una aprobación o un desagrado, que no tienen nada que ver con la condición social de sus supuestos habitantes, sino tal vez con cierta dignidad que se deja traslucir, más allá de lo costoso o lo humilde de las construcciones.

Cuando pisé con mi pie izquierdo el pedal, y flexioné mi rodilla derecha para proseguir viaje abriendo mi visión hacia delante, los dos faroles de un moderno y pequeño automóvil me encandilaron, y al mirar hacia dentro de él, pude ver a pesar de la niebla la sonrisa de una mujer conocida, que moviendo su mano me saludaba amablemente. Giré mi cabeza hacia atrás y a ese auto que se alejaba, pude darme cuenta que nunca antes lo había visto, a pesar de lo familiar del rostro femenino, que tampoco pude con certezas saber muy bien quién era, ya que las dos primeras que se me ocurrieron que podían ser, que además de ser entre sí íntimas amigas son muy parecidas, sabía que ambas por ahí no vivían, como además sabía que no manejaban.

Ese día, a partir de esa escena que casi lo inauguraba, me quedó una leve sensación de euforia, tal vez por lo inusual de toparse por algunos segundos con una imagen extremadamente familiar pero no totalmente delimitada. Tenía la certeza que un sueño no era, pero en su configuración, todo aquello, mucho se le parecía.

Los días subsiguientes intenté en vano desplegar todo el abanico de posibilidades, para poder saber quien había sido, e incluso pasando por el mismo lugar detener la marcha por un rato, casi como esperando que la escena se repitiera para así develar la incógnita. Pero esto no sucedió.

Ya casi había olvidado todo esto, cuando un día volviendo por la primer paralela a la calle del inicio pero ya siendo de día, me cruzó el mismo automóvil, y vi que una mano se movía saludándome por detrás del parabrisas, pero por los reflejos del sol no pude verle la cara.

 

La soledad de una mañana de día de semana y de verano, antes del amanecer, además de romperse, cuando al pasar, los perros que duermen en la calle, se levantan y te ladran, y te corren detrás de la bicicleta, hasta que paraste, porque ahí, ellos también se paran y comienzan a mover la cola como si no pasara nada, te hace pensar en cuanta hipocresía hay en aquellos que se dicen defensores de los animales. Por favor, no digo un sistema represivo como fue la perrera, pero no estaría mal hacer predios donde los pobres canes puedan vivir dignamente, con gente que los cuide. Muchos vecinos les dan de comer, y les ponen cartones en las veredas para que puedan dormir, pero eso no es lo mismo que hacerse cargo, y entrarlos en su casa.

Otros habitantes de la madrugada, son esos pibes que recolectan bidones de orina de mujeres que fueron madres, y los suben en camiones atmosféricos, corriendo detrás del móvil. No se por qué una madrugada en la cual me encontré durante todo el trayecto con el triple de perros de los que veo y escucho normalmente, se me cruzó la idea de que antes de recolectar los bidones, en esos camiones te traen perros de otros municipios, y en determinadas esquinas los sueltan. Pensé escribir con eso algún cuento de ficción pero aún no lo hice.

Cuando la cooperativa de diarios tarda en llegar hasta el puesto, el reparto obviamente se retarda y es ahí donde la calle ya no está tan desierta, porque ves a muchos que ya parten para el trabajo, mientras que a los taxis los ves siempre, igual que a los micros, aunque éstos últimos, no tan seguido. El otro día que me comentaban que algunas casas habían sido desvalijadas, mientras sus dueños estaban de vacaciones, me di cuenta que a esa hora casi no se ve andar patrulleros, y una leve paranoia me recorrió cuando pensé si justo cuando uno va a tirar un diario por debajo de la puerta, te encontraste con los ladrones.

De los aproximadamente ciento cincuenta matutinos regionales que se reparten en mi barrio, ninguno tiene desde mi consideración una línea editorial aceptable, son los de siempre, y es en ese punto donde uno podría precisar que hace falta que la nueva ley de medios se haga efectiva de verdad, y que si existiera un medio como el que uno considera necesario para que la gente esté bien informada, es decir un medio crítico y a la vez comprometido, seguramente estaría escribiendo en él, pero tal vez repartirlo en bicicleta me daría mucho mayor satisfacción.

 

Juan Quesquén
Juan Quesquén
Periodista.

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