Notas para el estudio del movimiento obrero argentino desde sus orígenes hasta el kirchnerismo

Acto de la CGT- Los trabajadores y el peronismo
30 abril, 2011
Los laburantes
1 mayo, 2011

Gerardo Codina y Julio Godio

Sumario:
1. Los fundadores
2. Las uniones
3. Una historia de violencia e inicio de la democracia política
4. Sindicalismo antifascista
5. De la Resistencia al kirchnerismo
6. De la transición post neoliberal, al modelo de desarrollo con inclusión
7. Los primeros días de Kirchner
8. La salida de la cesación de pagos
9. Reconstruir el poder político democrático
10. Los trabajadores organizados y el kirchnerismo
1. Los fundadores
Para estudiar la evolución del trabajo en Argentina hay que remontarse a la época colonial, es decir a la época en la que se fueron organizando las primeras formas de trabajo en el Virreinato del Río de la Plata, que esencialmente tenían que ver con las actividades predominantes en ese tiempo. En el norte, la actividad econó-mica principal era la explotación minera, basada en el trabajo forzado de las comunidades indígenas primero y, luego, en el trabajo esclavo de africanos.
En la región pampeana, en cambio, el trabajo se va organizando en las actividades ganaderas extensivas, en las actividades comerciales del puerto de Buenos Aires y en el rudimentario aunque importante sector de ser-vicios (en parte edificado con el trabajo esclavo). Todas estas formas de trabajar irán dado lugar a una formación económico-social “sencilla”. Esta funcionaba, desde el punto de vista de la estructura productiva, al margen de las grandes prioridades económicas de la colonización, que como sabemos, eran en aquel momento producir oro, plata (como en el Alto Perú, hoy Bolivia) o cierto tipo de bienes agrícolas que estaban ubicados en las colonias caribeñas como el azúcar, el tabaco, etc.
La economía del Río de la Plata era una economía marginal desde el punto de vista de los grandes inter-eses españoles, portugueses y de otros países europeos. En esta etapa de formación, de una economía rural senci-lla, como hemos dicho, ocupaba un lugar importante el trabajo esclavo, que recién será abolido —parcialmente— en la Asamblea del Año 13, después de la Revolución de Mayo y antes de la Declaración de la Independencia. Durante el resto del siglo XIX, la región pampeana argentina va a experimentar mutaciones muy profundas desde el punto de vista de su estructura económica, particularmente luego del proceso de la construc-ción del Estado-nación en 1853, consolidado luego de 1860. Ese tipo de Estado-nación asentado en la alta ferti-lidad de tierras despobladas, encuentra muy rápidamente un gran demandante de productos tradicionales argenti-nos como las carnes, lanas y nuevos productos como el trigo y el maíz, que van a dar a este país un gran impul-so desde el punto de vista de su desarrollo económico, porque lo colocaban en el centro de las grandes lí-neas de la economía mundial capitalista.
En este período esta tarea se concreta en asociación dependiente con el Imperio británico. La región pampeana Argentina pasa a desarrollar sus fuerzas productivas en la medida en que es receptáculo para inversio-nes británicas en el país, al mismo tiempo que produce materias primas importantes para los países centrales. Estas materias primas no eran sólo alimentos, eran también materias primas industriales, como es el caso de la lana. La Argentina se volvió un país ganadero, lanero, triguero, y el trabajo evoluciona alrededor de estas activi-dades, potenciándose otras que venían de antes, que son las comerciales, los servicios y otras afines al desarrollo del modelo colonial. En este mundo del trabajo la figura central hasta l860 es el gaucho.
En una nueva etapa, que se desarrolla desde los años 1860 y se profundizará a partir de 1870, el país co-mienza a demandar mano de obra extranjera, porque era un país despoblado. Tenemos aquí entonces un proceso de migración masiva de trabajadores, especialmente del sur de Europa, pero también en menor escala de países de Europa central y oriental, mezclados con algunos migrantes de países árabes y otras nacionalidades. Esta mi-gración masiva es de trabajadores asalariados, que ya no son los antiguos esclavos. El trabajo va a ir tomando un perfil mucho más cercano a las formas de trabajar asalariadas del capitalismo, aunque en las condiciones argen-tinas de escasa población, ausencia de industrialización y baja calificación de la fuerza laboral.
El trabajo en tanto categoría socio-productiva, debe organizar a esa enorme masa de inmigrantes que se están transformando predominantemente en trabajadores asalariados de la ciudad y del campo. Emerge el movi-miento sindical (entonces se denominaban “sociedades de resistencia”), dado que al interior de la masa de mi-grantes llegaban al país personas que tenían militancia en los movimientos sindicales y en los partidos socialistas europeos. La categoría abstracta de “trabajo” asalariado se realiza en forma embrionaria organizando sindicatos, luego el Partido Socialista (PS), luego ya en el siglo XX el Partido Comunista (PC).
Derivado de esta originalidad de ser un país que recibe millones de trabajadores extranjeros, sólo compa-rable con las migraciones que reciben países como Estados Unidos y Brasil en las Américas, nos encontramos frente un proceso de constitución de una clase nacional asalariada organizada, proceso muy complejo por el origen migratorio. No eran hijos de campesinos argentinos que luego se volvían obreros (ocurrirá en Europa), sino que es un proceso muy original, sobre todo por la velocidad con la que estos trabajadores inmigrantes co-mienzan a organizarse para luchar por sus derechos sociales y laborales. El proceso comienza para 1870, y ya para 1890 está la creación de una primera central de trabajadores y en 1896 se crea el Partido Socialista. Así que en un corto período de tiempo los nuevos trabajadores asalariados recorren un proceso que en los países indus-trializados tardó 100 años.
La Argentina comienza a diversificar su estructura productiva. Entre 1890 y 1900 aparecen los grandes puertos, el frigorífico, el transporte ferroviario, las primeras fábricas industriales, como la fábrica Vasena (que fue epicentro de la huelga general revolucionaria de 1919), que es una fábrica metalúrgica, de capitales argenti-nos y británicos que se constituye a principios de siglo. Se desarrolla la manufactura. En el interior también se da un cierto desarrollo industrial, sobre la base del procesamiento de materias primas, como es el caso de la indus-tria del azúcar en el norte, así que vamos a encontrarnos con la conformación de un mapa de una estructura pro-ductiva y sociolaboral más diversificada.
Los reclamos básicos sociolaborales no eran tanto el derecho al empleo —había pleno empleo— sino de las bajas remuneraciones, de la disminución de la jornada de trabajo y mejoras en las condiciones de trabajo, la estabilidad en el empleo, la erradicación del trabajo infantil, los derechos sociales de la mujer trabajadora y de la familia obrera a vivir dignamente en las principales ciudades del país. Se trata de un proceso inicial de constitu-ción de una clase nacional; esta masa de inmigrantes se estaba constituyendo en una clase nacional. Se trata de un proceso muy complejo, porque también implica la asimilación de la lengua castellana por parte de muchos de ellos, de tradiciones culturales e históricas distintas, de identificación con los símbolos patrios, etc.; es un proce-so complejo el de la constitución de una clase nacional de base inmigratoria. Una clase social “en abstracto” puede estar en cualquier lugar del mundo y ser la misma, pero cuando adopta formas nacionales adquiere características particulares.
Así se da lugar a la formación en el país de un fuerte movimiento sindical que, como es sabido, se co-rrespondía con la estructura productiva de la época. Siendo Argentina fundamentalmente un país semi-fabril, sus organizaciones sindicales estaban basadas en las ocupaciones de la época, y se caracterizaban por ser sindicatos por oficio. El movimiento sindical argentino tiene una raíz más anarco-sindicalista que socialista, porque son los anarco-sindicalistas los que priorizan más la acción sindical entre 1890 y 1910.
En Argentina, dado su carácter dependiente y su vinculación multifacética con el mundo europeo, se mezclan y superponen fases. Por ejemplo, el ferrocarril. Hay que recordar que ya en 1939 teníamos 48 mil kiló-metros de vías férreas. El ferrocarril en primer lugar, permitió la comunicación de todo el país, no sólo económi-ca, sino también entre personas. Este proceso va vinculando a esta masa de personas ocultas, los criollos del interior, que empiezan a comunicarse con estos trabajadores que venían de Europa. Los sindicatos ferroviarios son grandes organizadores de trabajadores. Se produce un proceso inicial de convergencia étnico-social, en el que el ferrocarril es una gran institución aglutinadora, pero no perdiendo de vista que la base central de esa con-vergencia es siempre el trabajo asalariado.
2. Las uniones
Los procesos de trabajo que comunican a criollos y extranjeros se producen un marco general de pre-dominio del trabajo semifabril y en pequeñas empresas. Por eso, el proceso de trabajo que hacía converger a criollos y extranjeros se expresa simbólicamente en el frigorífico; es ahí donde se empieza a formar esa argama-sa de criollos y extranjeros, porque son trabajadores criollos que tienen su profesión, la profesión del gaucho, la de cortar la carne, que es tomada a su vez por los inmigrantes, porque tienen que hacer ese mismo trabajo ahora bajo las condiciones de las división capitalista del trabajo. Alrededor de ese trabajo en común se van organizan-do formas de pensar colectivas entre criollos y extranjeros.
Donde iban los ferroviarios iba el potencial sindicato nacional, como serán la Unión Ferroviaria y La Fraternidad, que ya no son sindicatos de oficio sino uniones. La palabra “unión” se origina en Inglaterra, pero nosotros la tomamos de Estados Unidos. Las unions ya no son organizaciones centradas en el proceso de trabajo artesanal o semi-artesanal, sino basadas en la división del trabajo de la gran industria, en los procesos de trabajo colectivos en los que están diferenciados los procesos de trabajo al interior de la empresa. Las uniones son es-tructuras sindicales verticales apoyadas en estructuras territoriales (seccionales) Cuando se produce este proceso el movimiento sindical pega un salto y comienzan a aparecer formas de asociación sindicales nacionales. Así, los sindicatos de comercio o los bancarios se organizan en sindicatos locales o de empresa pero, gracias al ferroca-rril, esos sindicatos locales de comercio se podían vincular con otros sindicatos locales y de empresa.
Así comienzan a formarse en Argentina las federaciones sindicales nacionales. Paralelamente a las fede-raciones aparecen – como hemos dicho – las uniones, y estas dos formas de organización de los trabajadores van a dejar atrás las antiguas sociedades de resistencia que organizaban a los trabajadores de acuerdo a oficios. El oficio se va disgregando, y los procesos de trabajo de cada oficio se van separando en la cadena de producción. El anarco-sindicalismo desaparece a mediados de los años ’30.
En la década del treinta el país seguía siendo todavía un país con una industrialización muy débil, pero con una gran capacidad de exportación de materias primas. Era un país muy rico, pero muy injusto. La clase dominante, la aristocracia rural argentina, pensó el modelo del ’80 como un modelo propio. No es un modelo democrático, como fue formalmente diseñado en la constitución de 1853, sino que esta aristocracia terrateniente pensó en un modelo de “sociedad ganadera” y una sociedad ganadera nunca puede dar lugar a una sociedad democrática estable.
3. Una historia de violencia e inicio de la democracia política
Desde principios de siglo se registra una contradicción de orden político entre esas masas que se van in-corporando al trabajo y la decisión de esa aristocracia ganadera de limitar el acceso al poder y a la propiedad de la tierra a una minoría, el sector terrateniente, y convertir a todo el país en una especie de “sociedad de peones de estancia”, aunque la mayora de la población ya no eran peones de estancia. Esta peculiaridad produce que estas grandes masas de trabajadores vayan a un proceso de confrontación con las fuerzas conservadoras oligárquicas: la Argentina experimenta una gran huelga general en 1902, que fue una huelga portuaria. Los países europeos desarrollados tardaron muchos años en tener una huelga general, acá teníamos una huelga general y no se había cumplido la primera fase del desarrollo industrial.
Las huelgas que se comienzan a desarrollar, son muy violentas, porque no existía aún ninguna legisla-ción protectora del trabajo, y dan lugar a situaciones de gran tensión en el país: hay que recordar que en 1910 Argentina celebró su primer centenario bajo el estado de sitio que se establece frente a una huelga general anar-quista. Los anarquistas no reconocían el valor de la patria y planteaban la explotación como confrontación en escala mundial. Los trabajadores eran una sola cosa a escala mundial. No había espacio para el Estado-nación. El Estado- según el anarquismo- sería abolido por medio de la “revolución social”
La represión estatal de la huelga de 1902 fue muy violenta, con la ley 4144, que permitía expulsar a los activistas extranjeros. Luego vino la ley de Defensa Social, que reprimía a los llamados “agitadores disolventes del orden y la nacionalidad” (dirigentes obreros). Empieza un proceso muy importante de resistencia sindical que desemboca en grandes huelgas como la de la Semana Trágica de 1919 o la huelga de los obreros rurales en la Patagonia en 1921, o las huelgas de las industrias madereras en el Chaco. Se va constituyendo un movimiento anarco sindicalista muy activo, que empalma con otro proceso de transformación política en Argentina, que se había iniciado unos años antes, y que toma forma con la fundación de la Unión Cívica Radical (UCR), partido formado por el impacto de la Revolución del ’90. La UCR planteaba también su oposición a la “sociedad gana-dera”, reclamando la democracia política plena, la participación de diversos partidos y la construcción de un sistema realmente democrático liberal.
La UCR es una fuerza nacionalista liberal social que en ese entonces está avanzando en el país. Se esta-blece un compromiso entre conservadores y radicales, la ley Sáenz Peña, en 1912, que impide que el conflicto con los radicales (a los que muchas veces se sumaran los anarquistas y socialistas) contra la sociedad ganadera termine en una guerra civil. La UCR llega al poder en 1916. Como hemos dicho, entre principios de siglo y 1915 existió una gran central sindical anarquista, la FORA, la Federación Obrera de la Región Argentina, organizada todavía en base a los sindicatos de oficio y locales, pero con gran capacidad de movilización. En 1915 la FORA de divide con la formación de una central mayoritariamente sindicalista. Existe ahora la FORA del 5º Congreso (anarquista) y la FORA del 9º Congreso (sindicalistas y socialistas). Pero se mantiene la unidad de acción así que, cuando se produjo la matanza de la Semana Trágica en 1919, 200.000 trabajadores y sus familias acompa-ñaron a los muertos al cementerio de Chacarita.
En los años ’20 los trabajadores seguían acompañando a la política con estilo sindical. Surge con fuerza el llamado sindicalismo revolucionario formado en 1905 sobre la base de una escisión del socialismo. Se funda el Partido Comunista en 1919. Los comunistas y los socialistas, junto el sindicalismo revolucionario asu-men posiciones en los lugares en los que retroceden los anarquistas. Se va conformando un mapa sindical políti-camente diversificado.
El primer gran corte en la historia argentina moderna se da con el nefasto golpe de Estado conservador-militar de septiembre de 1930 que desaloja del poder al radicalismo. El país entrará en una etapa de turbulencias. Como se sabe, pocos días después del golpe de Estado se va a crear la Confederación General del Trabajo. La CGT se creó producto de una convergencia de socialistas, sindicalistas y sindicatos autónomos, que da lugar a la creación de la gran central unificada de los trabajadores argentinos.
El proceso que llevó a la unidad sindical en Argentina no puede separarse del proceso que llevó al golpe de Estado y a la instauración de un gobierno militar conservador en el ’30. La unidad sindical es, evidentemente, una respuesta de los sindicatos al profundo cambio regresivo que se ha producido en el país. Pero lo que en últi-ma instancia lo determinante fue la lógica que se venía dando dentro de los sindicatos de buscar fortalecer la unidad organizativa por rama de actividad y priorizar la acción reivindicativa sobre las ideologías. El perío-do anterior (1920-1930) había sido de expansión de grandes sindicatos de rama, que se alineaban a veces con los sindicalistas, otras con los socialistas, y más adelante con los comunistas, pero que tenían como valor común y superior la promoción de la unicidad sindical Los sindicatos no se dividían internamente para optar por una central u otra. Elegían a qué central adherirse pero como sindicato permanecían unidos. Con la constitu-ción de la CGT esta cultura político sindical unitaria se fortalecerá.
La CGT se crea sobre la base de estos grandes sindicatos, y no sobre la base de las viejas sociedades de resistencia, que fueron más bien una expresión más adecuada a los postulados del anarquismo. Cuando aparece la CGT el anarco-sindicalismo ya estaba, como hemos dicho, en decadencia. Inicialmente, la CGT, como era lógico, va a tratar de tener relaciones de coexistencia con el nuevo régimen militar conservador, pero por su ideología y su programa estaba claro que esta CGT no era una “central del régimen” sino una expresión autó-noma de los intereses de los trabajadores.
En los primeros años de la década del ’30 el país va a vivir momentos de tensión política: en el año ’31 hay un intento de insurrección de la UCR que fracasa; al mismo tiempo, Argentina vive las consecuencias de la crisis de 1929, que si bien no golpeó al país del mismo modo que lo hizo en otros países del mundo (dado que Argentina podía defenderse por ser un gran productor de alimentos) afectó a los niveles de empleo, en tanto el nivel de las exportaciones cayó de cara a la caída de la demanda mundial de alimentos
Se produce un acontecimiento político institucional muy importante en los años ’30: es la respuesta del Estado para enfrentar los cambios en la economía mundial, abriendo desde el sector público vías para desarrollar un proceso de industrialización sustitutiva, que ya había comenzado durante la I Guerra Mundial, pero que se detuvo en 1920 al volver a ponerse en marcha la lógica de la economía agroexportadora tradicional. Este proceso va a ser alentado por el Estado, que va a crear importantes organismos públicos de regulación, como el Banco Central, mecanismos de promoción del desarrollo, como YPF (1922), y Fabricaciones Militares (1941), para adecuar al país a la necesidad de crear un amplio sector fabril basado en la sustitución de importaciones y en el desarrollo del mercado interno. El proceso también se acelera por el hecho de que en los años ’30 comienza a detectarse la presencia en Argentina de intereses empresarios de otros países como es el caso de Alemania y Estados Unidos, que pasan a convertirse en importantes socios económicos y localizan nuevas industrias de pun-ta en el país.
El proceso de industrialización por sustitución de importaciones dio un nuevo impulso a las migraciones internas; argentinos criollos, que vivían en provincias, particularmente del noroeste y nordeste del país, comen-zaron a afluir a Buenos Aires y otras ciudades para garantizar la formación de una nueva clase obrera que estu-viera capacitada como para poner en marcha a las nuevas empresas que se creaban a lo largo y ancho del territo-rio, con un fuerte componente de pequeñas y medianas empresas. Se destacaban también algunos nuevos grupos de empresarios nacionales provenientes de la inmigración europea, particularmente italianos.
Se estaban produciendo mutaciones muy importantes en la estructura de la clase obrera argentina por el fenómeno migratorio interno. También se comenzaba a verificar que la presencia de contingentes de criollos en el mercado de trabajo estaba reintroduciendo algunos componentes ideológicos que no tenían fuerza mientras predominó la relación entre la clase obrera formada por migrantes europeos y las tradicionales ideologías socia-listas europeas. Ahora comienza a aparecer el componente nacionalista en el sindicalismo, que tiene que ver con el componente migratorio y con los hijos de los inmigrantes ya argentinos. Se crean las condiciones para que se produzcan alianzas entre sindicatos y empresarios.
La CGT que nace tiene raíces ideológicas que descansan más en el sindicalismo que en el socialismo o en el incipiente comunismo. El sindicalismo, que en esa época todavía se llamaba sindicalismo revolucionario, era la línea sindical que priorizaba la acción sindical sobre la partidaria, lo cual obviamente afectó a los socialistas (y también a los comunistas), que pensaban justamente lo contrario. El sindicalismo” puro” se convirtió en la gran matriz del movimiento sindical, y junto con algunos restos del anarquismo y el socialismo, confluirán años después en el nacimiento del peronismo.
El comportamiento político sindical de los años ’30 hasta ´43 consistió esencialmente buscar aliados en el campo político para constituir en el país una especie de Frente Popular nacionalista e industrialista como había habido en Europa (principalmente Francia y España). La CGT no tuvo nada que ver con lo que se va a llamar luego la Unión Democrática. Era una CGT profundamente antifascista, porque estaba constituida por trabajado-res que venían de países donde el fascismo había provocado represiones muy profundas contra el movimiento sindical, como Italia, Alemania o la España franquista después de la Guerra Civil.
4. Sindicalismo antifascista
Tenemos entonces un movimiento sindical profundamente antifascista pero al mismo tiempo nacionalis-ta e industrialista, que está buscando empalmar con un actor político importante. Cuando se produce la revo-lución de 1943, esta tuvo como objetivo explícito impedir que las fuerzas conservadoras puedan recrear el proce-so del golpe de 1930. Ahora bien, como se ha dicho, el proceso de industrialización también había devenido en la formación de una burguesía nacional, anteriormente inexistente, y esta burguesía nacional también estaba buscando socio político, que no lo podían encontrar en los partidos tradicionales, incluidos los de izquierda, pero sí podían encontrarlo en el Estado, si el Estado comenzaba a jugar un papel mucho más afín a los reclamos del nacionalismo industrialista distributivo que empezaban a perfilarse desde mediados de los ’30.
Esto va a ocurrir en 1943 porque dentro de la Revolución un sector de oficiales pensaba en esos años en la creación de un Estado que diera cobijo a este proceso de industrialización nacionalista. Y esto es lo que va a desembocar en la creación del GOU. Ciertas personalidades que van a ser líderes del GOU y que lo van a expre-sar, como el entonces Coronel J.D Perón y otros militares, van a ir al encuentro con el movimiento obrero y con la expresión nueva de la burguesía para dar nacimiento a un Estado ya adaptado a los reclamos del nacionalismo industrialista.
En 1944, con las disposiciones del Coronel Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, de otorgar derechos sindicales y leyes favorables a los derechos laborales, era inevitable que esta línea espontánea del Fren-te Popular se iba a trasladar a un apoyo a Perón y a hacer converger los intereses de los trabajadores con los del Estado, en tanto ambos estaban objetivamente trabajando en la misma dirección, y así vamos a tener la forma-ción del peronismo. La CGT termina encontrándose con el actor político que buscaba. La derecha cívico militar intenta detener el proceso, pero los sucesos del 17 de octubre la frenan. El peronismo se constituye como partido fundado en el nacionalismo laborista. Los sindicatos son un actor clave en esta creación.
El peronismo da lugar al nacimiento de un movimiento nacionalista-laborista basado en los sindicatos. Estos son legales, existen derechos sindicales amplios, hay una protección por parte del Estado de ese proceso de auge de la vida sindical y la culminación es la constitución de un Estado nacionalista-industrialista. Esto fue posible centralmente por la fortaleza previa que tenía el viejo movimiento sindical, muy fuerte antes de entrar en esta etapa de transformaciones de mediados de los años ’30. El hecho de que Argentina haya tenido desde fines del siglo XIX un movimiento sindical importante hizo posible que, luego de varias décadas, este movimiento sociopolítico entre en la escena política como una fuerza central en el sistema del Estado y del Partido Peronista.
La Argentina tuvo problemas en esos años porque esta irrupción del nacionalismo industrialista peronis-ta no fue aceptada por los países vencedores en la II Guerra Mundial, fundamentalmente Estados Unidos e Ingla-terra, que pretendían mantener de algún modo al país en un estado de semicolonia. El proceso de constitución de este nuevo bloque nacionalista popular hegemónico en el Estado se dio a través de presiones y luchas. La clase obrera pasó a adoptar la identidad peronista como la posición para su participación como ciudadanos en la política; la ciudadanía política que adoptan los trabajadores se identifica con el peronismo, manteniéndose al mismo tiempo una fuerte identificación con los sindicatos, que han sido simultáneamente quiénes les han permi-tido participar exitosamente en este proceso de gran mutación histórica.
La primera década del gobierno de Perón fue de expansión económica, pleno empleo y distribución de la riqueza, lo cual reforzó la identidad de los trabajadores con el movimiento nacionalista-industrialista, particu-larmente con figuras como Perón y Eva Perón, que se colocaron en el corazón de estos millones de trabajadores y trabajadoras.
El modelo nacionalista industrialista comenzó a mostrar debilidades en los años ’50, cuando se vio que era necesario prestar atención a la participación del sector agrario en la vida nacional, para no crear una escisión artificial entre industria y campo. Perón intentó producir este cambio en el año 54 (Congreso de la Productivi-dad), cuando piensa abandonar la formulación inicial de ser un país nacionalista-industrialista para pasar a ser un país nacionalista pero agro-industrial. En este momento es para impedir el éxito de la nueva estrategia de Perón que se acelera el proceso del golpe de estado sobre la base de una alianza entre los partidos tradicionales, la Igle-sia y los grandes grupos económicos, con el apoyo de Inglaterra y Estados Unidos, que desemboca en el golpe de septiembre de 1955.
5. De la Resistencia al kirchnerismo
El intento inicial de la mal denominada “Revolución Libertadora” del ’55, fue desterrar al peronismo de la vida argentina, pero se encontró con que el peronismo se había abroquelado en los apoyos sindicales, por lo que ese intento se transformó en un deseo irrealizable para las fuerzas de derecha antiperonistas. La perspectiva de crear un peronismo adocenado a los intereses del bloque hegemónico en Argentina se hizo inviable por la razón de que el peronismo tenía un espíritu de reivindicación social y de los derechos de los trabajadores que constituía parte su esencia. Era imposible pensar en destruir esa argamasa nacionalista y sindicalista que estaba en la matriz fundadora del peronismo.
Como hemos visto, el golpe del ’55 frustró el intento de Perón de dar un gran viraje hacia un modelo agroindustrial integrado y nacionalista. Pero la vieja derecha argentina, apoyada ahora por los radicales, socialis-tas, comunistas y otras fuerzas, tampoco pudo construir una hegemonía política. Esto es así porque estas viejas expresiones del liberalismo político, los conservadores y el centro-izquierda carecían de una capacidad de trans-formación del país, como ya se hizo visible con el golpe de Estado de 1930, cuando lo único que se les ocurrió fue continuar con las políticas de proscripción de los radicales y de exclusión social, sin ningún proyecto político superador. Estas taras del pasado volvieron a aparecer, y dificultaron a la derecha poder encarar un régimen polí-tico estable, al tiempo que acentuó la incapacidad de las Fuerzas Armadas para impedir el regreso del pero-nismo tradicional.
El movimiento sindical, mayoritariamente peronista, buscó caminos para volver a tener aliados políticos; el primer intento fue con Frondizi, que fracasó principalmente por la incapacidad del presidente para apoyarse los trabajadores sindicalizados. Tuvimos años terribles de gobiernos militares, cívico-militares, breves períodos democráticos que tenían la limitación de la proscripción del peronismo, y así desembocamos en una creciente conflictividad política que, en las condiciones de los años ’60 y ’70, empalmaban también con fenómenos de transformación mundiales, como el fin del colonialismo, el auge de los movimientos del Tercer Mundo, el triun-fo de la Revolución Cubana. Todo en el marco de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En Argentina predominará un equilibrio inestable entre los dos grandes actores del país que eran el peronismo, que seguía siendo mayoritario, y la derecha liberal que era incapaz de enfrentar al peronismo dentro de un sistema democrático.
El sindicalismo se fue adaptando a la nueva realidad; sus relaciones con el reconstruido PJ pasaron sus diferentes momentos de acercamiento y separación. El sindicalismo intentó tener relaciones con las Fuerzas Ar-madas y con la Iglesia, pensando a estas organizaciones y a los sindicatos como factores de poder. Pero esta operación política tampoco tenía futuro.
En los años ’60 se produjo una radicalización política del país que hizo imposible mantener la proscrip-ción y el exilio impuesto a Perón. Y así desembocamos en los años ’70 en un proceso de transformaciones labo-rales y políticas muy profundas, implicando ahora a jóvenes provenientes de la clase media que buscaban asociar los procesos de resistencia social y política con procesos nacionales revolucionarios que habían sido exitosos en países distintos al nuestro, como el caso de la Revolución Cubana.
En los años ’60 el movimiento sindical se volvió más pragmático, buscando acordar con sectores del es-tablishment, lográndolo en algún momento, como cuando la dictadura de Onganía otorgó el régimen de Obras Sociales, que por otro lado era un reclamo perentorio de los trabajadores que no tenían la posibilidad de cubrir las necesidades de salud, por el hecho de que el Estado argentino no había desarrollado un sistema de sa-lud pública masivo. De modo que los sindicatos retomaron fuerzas pero más que nada como factor de poder, y no como una institución encuadrada en un frente político de tipo nacionalista o revolucionario.
Luego llegaron los años de plomo, de enfrentamientos que se desarrollarán entre sectores de izquierda y democráticos contra la dictadura de Onganía primero y luego de Levingston y Lanusse. Al mismo tiempo se desarrollan violentas confrontaciones al interior del propio peronismo, entre sectores de izquierda y sectores más tradicionales. Este proceso complejo dio lugar a una situación de desorden político que sólo se superó momentá-neamente con el regreso del ahora Teniente General Perón al poder, regreso que lo encontró en un estado muy avanzado de su vida y con muchas dificultades de restablecer un clima de tolerancia política en un país que se había vuelto extremadamente “enguerrillado”. Aquí habrá también movimientos de ruptura en el movimiento sindical, pero la CGT seguirá apoyando a Perón.
Tuvimos que vivir luego una nueva dictadura militar, esta vez una dictadura mucho peor que las anterio-res, de carácter genocida, con 30.000 desaparecidos. Soportamos el inicio de un proceso de transformaciones neoliberales de “libertad de mercado” y destrucción del empleo durante la época de Martínez de Hoz, así como una guerra perdida por el intento desesperado de la dictadura militar por reconquistar las Islas Malvinas y recu-perar prestigio. Esta última tragedia que vivió el país se canalizó sólo a partir de la derrota de Malvinas, cuando el movimiento obrero, que había sido duramente reprimido y controlado por la dictadura, los emergentes movi-mientos de derechos humanos, liderados por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y un renacer de la vida parti-daria, dan lugar a la caída del régimen militar y a la instalación por primera vez de una democracia política plena, en tanto no se trataba de edificar como hasta entonces sobre la base de la proscripción del peronis-mo.
Radicales y peronistas pasaron a ser los partidos centrales del sistema político argentino; en este contex-to el movimiento sindical optó por apoyar al partido con el que más se sentía identificado históricamente, opo-niéndose a la UCR, un partido de clases medias poco identificadas con el sindicalismo. El movimiento sindical amplió su base de sustentación a partir del fortalecimiento creciente de uniones y federaciones, en un país con un nivel de sindicalización muy alto. La CGT nuevamente se coloca en el centro de la vida política durante el go-bierno de Alfonsín, decretando 13 paros generales contra el gobierno.
Pero el socio político principal de la clase obrera, el PJ, no va a evolucionar hacia posiciones nacionalis-tas industrialistas modernizantes, sino hacia la búsqueda de una salida por vía democrática a la continuidad del modelo liberal que se había comenzado a aplicar en el país con Martínez de Hoz; así tenemos lo que fue en el menemismo. El peronismo asume la tarea neoliberal durante una década.
Los diez años de Menem fueron de desindustrialización, de hegemonía del capital financiero sobre el in-dustrial, de destrucción de puestos de trabajo e intentos desesperados por mantener un régimen de convertibili-dad que en realidad servía solo a los intereses del capital financiero rentístico, pero no a los de un país que re-clama en forma permanente avanzar más en un proceso de modernización agro-industrial, es decir en un proceso de realización de lo que Perón comenzó a buscar en 1954.
La decisión de la Alianza, que vence al menemismo en las elecciones de 1999, fue continuar con el ré-gimen de convertibilidad, y esa fue la sepultura de ese intento del progresismo argentino “light», liderado por una alianza entre la UCR y el Frepaso, que desembocó en la crisis global de diciembre de 2001. Esta, como es sabido, fue una crisis política, económica, social y cultural, que puso al país al borde de una guerra civil. El pe-ronismo, maltrecho, pero en el centro de la escena política, logró liderar un proceso de recomposición del Estado y de la economía argentina, durante el gobierno de emergencia de Duhalde. Pero el país exigía mayoritariamente abandonar el modelo neoliberal y pasar a un modelo nacionalista neo-desarrollista. Como ya ocurría en Vene-zuela con el chavismo y en Brasil con el ascenso al poder del Partido de los Trabajadores y el Presidente Lula. Se necesitaba la aparición de una nueva elite política que expresara plenamente la necesidad de salir del neolibe-ralismo y comenzar a transitar por un camino nacionalista-desarrollista con eje en la producción y el trabajo. Este reclamo histórico es lo que va a expresar el kirchnerismo desde 2003 hasta nuestros días.
6. De la transición post neoliberal, al modelo de desarrollo con inclusión
El paulatino abandono del esquema de políticas neoliberales impuesto en los noventas, fue inicialmente producto de la necesidad de sostener un mínimo pacto de convivencia social, antes que el resultado de una elec-ción virtuosa de un camino de recuperación nacional. Es que llevados a sus extremos, el esquema de libre con-vertibilidad de la moneda y la primacía de la lógica de la valorización financiera por sobre la productiva, habían agotado las posibilidades del país de contener la sociedad compleja y dinámica que se desarrolló en Argentina durante el siglo XX. La recesión iniciada en 1998 acumuló hasta 2002 una pérdida del producto bruto in-terno del 28%, al tiempo que se concentraba el ingreso. No había sociedad posible en esas condiciones. Al menos, no una con la memoria de la nuestra.
El colapso de fines de 2001 lo puso en evidencia. Con más de la mitad de su población económica activa sin trabajo o con ocupación parcial y una pobreza que afectaba a más del 60 por ciento de las familias argentinas; con casi un tercio de los habitantes al borde del hambre, carentes de la posibilidad de jubilarse el cincuenta por ciento de las personas mayores y colapsados los sistemas de educación y de salud pública, el temor a que se desataran rebeliones populares en los principales centros urbanos de la república, motorizó en el 2002 am-biciosos planes de transferencias directas de ingresos y provisión de alimentos, basados en las reestablecidas retenciones a las exportaciones agrarias por un lado y en una densa trama de organizaciones populares solidarias, organizadas en torno a comedores populares por el otro, que fueron el producto y nutrieron la emergencia de nuevos actores sociales.
Un anticipo político de esa enorme crisis había sido el ausentismo electoral en las elecciones de octubre de 2001, que batió el record del 40% del padrón nacional, cifra inédita en la historia democrática argentina. El “¡que se vayan todos!” del 19 y 20 de diciembre y la multiplicación del asambleísmo espontáneo de los sectores medios y populares urbanos, marcaron a fuego la ausencia de representación política posible en ese momento de la sociedad argentina y la deslegitimación estatal para sostener de cualquier manera el orden público. La reacción social ante los asesinatos de Kosteki y Santillán el 26 de junio de 2002 en Avellaneda, por parte de las fuerzas policiales del régimen transicional de Duhalde, que reprimieron una marcha de desocupados sobre Buenos Aires, precipitó la necesidad de un recambio institucional por vía electoral.
Aún siendo la principal fuerza política nacional, el peronismo padecía los efectos combinados de haber sido parte sustantiva de los noventas y de la existencia de una crisis global de la representación política. Así no pudo resolver internamente una candidatura única para las presidenciales del 2003 y sostuvo tres postulaciones: Menem, Kirchner y Rodríguez Saa, que expresaron diferentes alianzas internas y externas del peronismo. La hipotética segunda vuelta entre los dos más votados, Menem y Kirchner, no llegó a realizarse por la renuncia anticipada del primero y así, sin poder consolidarse electoralmente, asumió Kirchner el 25 de mayo de 2003. En esa elección además, se verificó que la fragmentación de las fuerzas políticas excedía al peronismo. Entre los primeros cinco postulantes reunieron el 90 por ciento de los votos, pero ninguno alcanzó al 25 por ciento de las voluntades.
Entre tanto el sindicalismo recorría su propio purgatorio. El menemismo había escindido del movimiento un sector que acompañó sus reformas estructurales en la creencia que no había otro camino posible, al tiempo que procuraba preservar algunas de las reglas que regulaban el mercado de trabajo y obtenía ventajas sectoriales en negociaciones con el poder político. En general, los principales sindicatos de la actividad privada, jaquea-dos por la desocupación creciente y las sucesivas crisis, habían recorrido esos años un camino de resisten-cia pasiva y luchas defensivas.
Por otro lado, principalmente los gremios afectados por las privatizaciones masivas, los sindicatos del trasporte y los docentes y otros trabajadores estatales, disminuidos por el achique del presupuesto destinado a los servicios públicos y las transferencias de responsabilidades de financiamiento a niveles subnacionales, se opusie-ron abiertamente desde principios de la década de los 90, con movilizaciones activas, a los avances neoliberales. Así, las primeras víctimas del desguace estatal fueron quienes organizaron el incipiente movimiento de trabajadores desocupados y los piquetes pioneros que habrían de marcar a fuego el pasaje al nuevo milenio en nuestra tierra.
Una temprana muestra de esa voluntad de rechazo a las políticas neoliberales había sido la Marcha Fe-deral de julio del 94, convocada en forma conjunta por el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA), corriente interna de la CGT que disputaba la conducción política del movimiento obrero y el Congreso de Traba-jadores Argentinos (CTA), que iniciaba un nuevo modelo de organización gremial, entre otras expresiones. Esta última entidad convocó, hacia fines de 2001, un inédito Frente Nacional contra la Pobreza, promoviendo el pronunciamiento de miles de organizaciones sociales en torno de una programática de intervención social activa para afrontar el flagelo de la desocupación estructural, que se incrementaba con cada crisis desde el 89 y de la pobreza que se extendía sin remedio, reconfigurando la distribución del ingreso. Sin embargo, esa experiencia no fue continuada por decisión de la cúpula de la CTA.
7. Los primeros días de Kirchner
Tres grandes desafíos afrontó el nuevo Presidente. Por un lado, la enorme crisis social que se expre-saba básicamente en desocupación, empleos de mala calidad y bajos ingresos para la enorme mayoría de los argentinos. Por el otro, una gigantesca deuda externa, que se había acumulado desde la dictadura y que había crecido exponencialmente por las erróneas políticas del gobierno de la Alianza. Esa deuda estaba en cesación de pagos, mientras el país carecía de reservas. Finalmente, casi sin recursos, también era necesario reconstruir la centralidad del poder político democrático, para restaurar las condiciones de convivencia social perdidas.
En relación con el mundo del trabajo, las primeras acciones estuvieron orientadas a promover el au-mento de los salarios por medio de decretos presidenciales que otorgaban sumas fijas a cuenta de futuros acuerdos paritarios. Estos aumentos tuvieron, en los comienzos de la recuperación económica, el objetivo de mejorar el poder de compra de los asalariados de menores ingresos, afectados fuertemente por el fin de la con-vertibilidad. Al mismo tiempo, se promovía en sede legislativa la revisión del marco regulatorio del mercado laboral, restaurando instituciones protectorias claves, como la ultra actividad de los convenios. La emergencia económica se expresaba, además, en la duplicación de la indemnización en los casos de despidos sin causa.
Después de once años de inactividad, en 2004 volvió el Consejo Nacional del Empleo, la Productivi-dad y el Salario Mínimo, Vital y Móvil, para mejorar su poder adquisitivo, con valores compatibles con las necesidades de los hogares más desprotegidos en términos de ingresos. Desde entonces a la fecha, el valor de referencia pasó de $200 en 2003, a $1.740 en la actualidad. 870% de incremento en siete años. El incremento del haber mínimo jubilatorio (HMJ) también se convirtió en un recurso estratégico para mejorar la calidad de vida de aquellos que menos tienen. El HMJ pasó de $ 220 en diciembre de 2003, a $ 1046,50 en setiembre de 2010, acumulando un aumento del 476% por ciento.
En paralelo, el sistema se volvió accesible a aquellos que no habían alcanzado a completar el número de años de aportes exigidos o se habían desempeñado en la informalidad. Se sumaron de este modo dos millones y medio de nuevos beneficiarios, que totalizan hoy casi seis millones de personas. La nacionalización de las AFJP en el 2009, reaseguró el cobro de sus beneficios a futuro a los que habían sido aportantes del sistema de capitalización, en un momento en que se precipitaba la más severa crisis financiera mundial, al tiempo que for-taleció la capacidad estatal de regular la economía.
En el mismo año 2004, con la sanción de la Ley N° 25.877, que restituyó los aspectos esenciales de la protección jurídica del trabajo, se reanudaron las negociaciones paritarias, que devolvieron al sindicalismo un rol determinante en la definición de variables centrales de la vida económica, por vía de la institucionalización de la negociación obrero-patronales. El vigor que tomó la negociación colectiva se evidencia en los 1027 conve-nios y acuerdos homologados en 2007. Además, en su extensión al ámbito de los trabajadores públicos, inclu-yendo la primera paritaria nacional docente en 2008.
A fines de 2009 se implementó la Asignación Universal por Hijo de $180 y $ 720 para los hijos discapa-citados ($220 y $880, respectivamente, a partir de Septiembre de 2010), brindando cobertura a más de 3,7 mi-llones de niños y adolescentes pertenecientes a familias, cuyos padres se encuentran desocupados, en situación de trabajo no registrado, sean trabajadores del servicio doméstico o monotributistas de bajos ingresos. El por-centaje de niños de bajos ingresos cubiertos asciende ahora al 93% del total.
De este modo, y junto al resto de las políticas sociales, se estableció el piso de protección social más importante de las últimas décadas, permitiendo una notable reducción en los niveles de pobreza e indi-gencia y un mejoramiento en los niveles de equidad social. Además, es importante destacar la implicancia económica que tiene esta ampliación de derechos, en cuanto a fortalecimiento del mercado interno. Hoy existen 7.605.561 niños y niñas que gozan de asignaciones familiares, repartidos de la siguiente forma: 3.648.441 co-bran la AUH, 3.921.120 cobran las asignaciones familiares convencionales y 142.298 cobran las asignaciones familiares por discapacidad.
El crecimiento de la actividad económica se tradujo en una fuerte creación de empleos, crecientemente formales, que redundaron en una recuperación de las organizaciones sindicales. Si fueron casi cinco millones los nuevos puestos de trabajo creados entre el 2003 y 2010, el sindicalismo registra en el periodo un millón de nue-vos afiliados. Eso se debe en gran medida al fuerte desarrollo de nuevas empresas, 125 mil en la etapa, que generaron 1,9 millones de puestos de trabajo registrados. Esta presencia promueve la recuperación de la centralidad política del movimiento obrero organizado, que se expresa inicialmente en el proceso de unidad de la CGT.
Así, también en el 2004, el 15 de julio, un Congreso Ordinario de la CGT normalizó la conducción de la Central, eligiendo un triunvirato representativo de tres vertientes diferenciadas del sindicalismo, en el cual asu-mió una posición expectante el líder del MTA. Esta solución provisoria caducó al año, cuando Hugo Moyano fue designado único secretario general de la CGT. Esta elección se renovó en 2008, al tiempo que Moyano se proyectaba a la vice presidencia del Partido Justicialista nacional y bonaerense.
8. La salida de la cesación de pagos
En el frente externo fue necesario un primer nivel de negociación y acuerdo con los organismos multila-terales de crédito, encabezados por el Fondo Monetario Internacional, ya que en agosto de 2003 vencía el con-venio vigente y estaban programados pagos por seis mil millones de dólares, que eran de cumplimiento im-posible. A fines de 2004, la deuda externa total alcanzaba los 178.000 millones de dólares. De ellos, 81.800 mi-llones de dólares se encontraban en títulos en manos de acreedores privados. En junio de 2004 el gobierno argen-tino anunció que la base de negociación para reestructurar los pagos de esa deuda sería una quita del orden del 75%. El nivel de aceptación alcanzado permitió renegociar aproximadamente el 76,15% del monto adeu-dado. Además, como consecuencia de la reestructuración, el componente en pesos de la deuda pasó del 3 al 37%.
La violenta devaluación de 2002, hizo que las importaciones se derrumbaran en un 60% respecto al año anterior y generó una barrera protectoria de la actividad productiva local, que empezó a recuperarse a ritmo ele-vado, además de tener efectos brutales en el empeoramiento de las condiciones de vida de grandes segmentos de nuestra población. Por otra parte, los bienes comercializados por el país en el exterior encontraron un ciclo alcista en demanda y precios, facilitando la recomposición del frente externo nacional. Ambas causas concurrie-ron a la acumulación de un importante superávit comercial durante los últimos años, que se encuentra alre-dedor de los 11.000 millones de dólares anuales.
La evolución de empleo y de las remuneraciones en la etapa considerada, indujo a una intensa reducción de los elevados índices de pobreza e indigencia y a la ampliación del mercado interno, concebido como uno de los motores principales del desarrollo sustentable. De todos modos Argentina, a consecuencia de los pro-cesos vividos en tres décadas, es hoy una economía abierta, en la que la suma de las exportaciones más las im-portaciones, representa un 45% del PIB; esto es más del doble que a principios de los noventa.
Desde el punto de vista fiscal, los derechos de exportación y el fuerte incremento de la recaudación por impuestos sobre la actividad y los ingresos internos elevó al coeficiente de tributación a niveles mayores que en períodos previos. Esto sostuvo apreciables superávit primarios y, al mismo tiempo, permitió un considerable incremento del gasto del gobierno. Además, la reestructuración de la deuda pública formalizada a comienzos de 2005 redujo el volumen de las obligaciones y alivió los flujos de pagos comprometidos. El sector público generó excedentes financieros, de modo que no presionó sobre los mercados de crédito, ni estuvo especialmente condicionado por ellos. El mantenimiento de los desahogos fiscales y en las cuentas externas ha sido un rasgo característico de la etapa, muy diferente a todo lo vivido por Argentina en los últimos 50 años y alejó la pers-pectiva de un freno originado en el endurecimiento de esas restricciones de presupuesto.
A fines de 2005, Argentina pagó toda su deuda al FMI. Fueron 9.810 millones de dólares en un solo pago y con reservas acumuladas en el Banco Central. Al hacer el anuncio, Kirchner criticó con dureza al organismo, al que acusó de presionar por políticas económicas que perjudicaban el crecimiento. La medida significó la finali-zación de la auditoría del FMI sobre las estrategias nacionales, luego de casi medio siglo de permanente supervi-sión, acentuada a medida que escalaba la deuda externa, sobre todo desde Martínez de Hoz en adelante.
9. Reconstruir el poder político democrático
Kirchner comenzó a gobernar a mediados de 2003 sin contar con una fuerza política propia y sin con-trol sobre los poderes legislativo y judicial. Para consolidar su poder en las alturas, Kirchner se vio obligado por el contexto de crisis política a fortalecer su principal herramienta política: el Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Debió por eso iniciar su gestión con dos hechos importantes: el primero, en junio de 2003, fue ubicar a un oficial de su confianza en la cúpula del Ejército, y pasar a retiro a 27 generales, 13 almirantes y 12 brigadie-res. También dejó afuera a 10 comisarios generales y en septiembre de 2003 al flamante jefe de la Policía Fede-ral, acusado de corrupción. Kirchner también introdujo cambios en la policía de la provincia de Buenos Aires y en la Gendarmería. Los cambios en las FF.AA. sirvieron al nuevo gobierno para desplegar su política de reinstalación del tema de los derechos humanos y la represión masiva estatal durante la década de los setenta. Estos pasos y otros posteriores, abrieron puertas a la forja de una estrecha alianza con el movimiento de derechos humanos, central en la Argentina de la democracia recuperada.
El segundo hecho, también en junio de 2003, fue exigir al Congreso Nacional el inicio de juicios políti-cos a los miembros “menemistas” de la Corte Suprema de Justicia. Como resultado de esta iniciativa política renunciaron el titular de la Corte y se fueron otros dos jueces. En su lugar fueron designados, entre 2003 y 2004, juristas de prestigio y reconocida autonomía, mediante un nuevo procedimiento de compulsa pública de antece-dentes.
A estos hechos le siguió que, el 14 de junio de 2005, con el voto favorable de siete de sus nueve miem-bros de entonces, la Corte Suprema de Justicia declaró la inconstitucionalidad de las normas conocidas como “Punto Final” y “Obediencia Debida”, algo reclamado durante casi tres décadas por las organizaciones de defen-sa de los derechos humanos.
El mismo año en Mar del Plata, el rechazo al ALCA y la decidida intensificación de las relaciones po-líticas, culturales, económicas y comerciales con los países del Hemisferio Sur, abrieron camino para la re-construcción del poder político del estado nacional, sustentado en la integración regional como forma de promo-ver el desarrollo autónomo y afianzar las soberanías de cada una de las naciones del subcontinente. Camino cul-minado con la elección en 2010 de Néstor Kirchner, como primer Secretario General de la UNASUR.
10. Los trabajadores organizados y el kirchnerismo
Si al principio de la etapa de Kirchner el movimiento obrero organizado se mantenía expectante y sin vínculos políticos claros con el nuevo poder político, al andar y consolidarse el proceso de recuperación del tra-bajo como forma privilegiada de inclusión social, de las instituciones protectoras de los derechos sociales y labo-rales y del mercado interno como dinamizador del crecimiento, se fue consolidando la disposición a asumirlo como un gobierno “propio”. Más empresas, más trabajadores, más empleo formal, más sindicalizados, redun-daron en el fortalecimiento de las estructuras sindicales en las empresas, con el desarrollo de cuerpos de delega-dos y comisiones internas.
Al mismo tiempo, fueron mutando las características sociales y políticas de muchas de las organiza-ciones de trabajadores desocupados que habían emergido con fuerza en los 90. Asociadas al Estado desarrolla-ron numerosos proyectos sociales y productivos en todo el país que, junto a la mayor demanda del mercado labo-ral, confluyeron en la reducción del número de personas dependientes de planes sociales. La política activa de promoción de la integración al mundo del trabajo a través de diferentes formas de emprendimientos asociativos, culminó en 2009 con la implementación del Plan Argentina Trabaja que, en su primera fase incluyó a más de cien mil nuevos cooperativistas.
Este proceso de cambio de actitudes fue convergente con el de reposicionamiento del sindicalismo en la trama de poder y con los desenlaces de los sucesivos conflictos que fueron marcando la marcha de la políti-ca nacional estos años, en especial, la rebelión de la patronal agraria frente un intento de la Presidenta Cristina Fernández de modificar el sistema de cálculo de las alícuotas de gravámenes a la exportación de granos. La gran mayoría de los trabajadores organizados apoyan al kirchnerismo y tiene gran conciencia de lo que se pone en juego en relación con la continuidad del modelo nacionalista industrialista, de desarrollo con inclusión social que habrá que consolidar en 2011.
El conflicto con las patronales agrarias produjo dos vigorosos realineamientos dentro del movi-miento obrero. Por un lado, en la CGT el gremio de los trabajadores rurales, que además encabeza las 62 Orga-nizaciones Gremiales Peronistas a nivel nacional, hizo causa común con las organizaciones empresarias, entre ellas la tradicional Sociedad Rural, habitual promotora de golpes de estado y planes de ajuste antipopulares. Cu-riosamente, en la CTA también hubo un clivaje, esta vez promovido por los vínculos con el sector de pequeños y medianos productores agrícolas pampeanos, agrupados en parte en la Federación Agraria Argentina, hoy con-vertidos en beneficiarios del complejo sojero, mediante el arriendo de sus tierras a empresas especializadas en el ciclo productivo de esa oleaginosa. El sector encabezado por el histórico referente de la CTA Víctor De Genna-ro, asumió una actitud de confrontación virulenta con el Gobierno, acusándolo de expresar en lo “esencial” la continuidad del modelo neoliberal de los noventas.
Otro sector, entre ellos el expresado por el entonces secretario general de la CTA y dirigente docente, Hugo Yasky, entendió la ofensiva patronal agraria como un intento destituyente, que procuraba la restauración de los poderes oligárquicos, jaqueados por el accionar del gobierno populista de Kirchner primero y Cristina Fernández luego. Esta visualización de la crisis abierta por el intento de implementar la Resolución 125, en términos del conflicto histórico nacional, vigente desde el primer peronismo y aún no resuelto, provocó acciones convergentes con la CGT liderada por Hugo Moyano.
Dentro de la CGT, tampoco las consecuencias fueron menores. Hacia final del año 2008 se afirmó un núcleo de nuevos dirigentes en su conducción y comenzó a perfilarse la Corriente Nacional Sindical Peronis-ta como camino de movilización y organización política del gremialismo peronista, orientada a la defensa de las conquistas alcanzadas en la etapa y la promoción de nuevos cambios que aseguren la plenitud de los derechos de los trabajadores. El 18 de setiembre de 2009 en Mar del Plata surgió ese nuevo encuadramiento político sindi-cal. Antes, el 30 de abril, la CGT se había movilizado multitudinariamente en el centro de Buenos Aires para anunciar que no aceptaría ningún retroceso en materia de derechos laborales.
El tránsito hacia un nuevo momento en el que movimiento obrero organizado encabece al conjunto del pueblo organizado, está jalonado con articulaciones crecientes con los movimientos sociales y territo-riales. Estos diferentes encuadramientos de la clase trabajadora convergen en sostener y profundizar la eficacia de los derechos sociales, económicos y políticos cuya vigencia recuperó el pueblo argentino en los últimos años.
15/8/10

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