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Eva de los pobres

Luis Velasco Blake

1946

Perón arrasa en las urnas.

Las mujeres argentinas aún no tenían derecho a voto.

Y de pronto, la veo aparecer a ella.

Es jovencita, rubia, delgada.

En su rostro se dibuja una eterna sonrisa.

Pero se entrevé el sufrimiento.

Una infancia pobre.

La lucha durísima por cumplir su deseo.

Llegar a Buenos Aires y ser actriz.

El pelo recogido en un tirante rodete.

La voz aguda.

Extrañamente cálida.

Cercana.

Es María Eva Duarte.

Hija natural.

Nacida en un pueblito llamado Los Toldos, en lo más profundo de la pampa húmeda, donde solo hay llanuras y grandes extensiones de tierra con vacas y trigo, donde las calles parecen todas iguales, donde hay un almacén de ramos generales y poco más.

Es Eva.

La primera dama que de forma novedosa ocupa un lugar fundamental en la política argentina, trabajando para los humildes, hablándoles en su idioma.

Es ella la que toma los motes despectivos para referirse a los pobres y los convierte en propios y en reivindicaciones insultantes.

Es Evita la que comienza a utilizar los términos de descamisados, grasitas, cabecitas negras, dichos con orgullo, relanzados esta vez como cachetazos.

Es Eva Perón la que se siente orgullosa de ser una resentida social, al igual que la mayor parte de la sociedad argentina.

Crea la Fundación Eva Perón.

Su figura parece multiplicarse milagrosamente.

Funda hospitales, hace casas, recibe personalmente a los necesitados, los escucha, les da medicamentos, sillas de ruedas, colchones, atención, cariño, saluda y le da un beso a una tuberculosa en contra de la opinión de sus asesores temerosos del contagio.

Es la apoteosis.

Es santa Eva.

Eva de los pobres.

A Eva le gustan las pieles y las joyas.

Las luce con impudicia.

Como una relamida forma de venganza.

Su desvergüenza es lo que más ofende a sus opositores y lo que más entusiasma a sus partidarios.

— ¡Mira vos, una puta de primera dama! —bramaban las señoras de bien.

Se enfrasca en la lucha por el sufragio femenino que, hasta ese momento, no existía.

Para las elecciones del 52 ya pueden votar las mujeres.

El nuevo voto femenino es ampliamente peronista.

Hace una gira internacional. Entre otros países visita la España famélica de la posguerra. Trae consigo grandes cantidades de trigo. El, en ese entonces, hambriento pueblo español, le estará eternamente agradecido.

—Yo recuerdo a mi madre, haciendo sábanas con las bolsas del trigo de Evita —me diría muchísimos años después Luis Monzón, mientras me invitaba a una fabada en un restaurante asturiano del Madrid de Los Austrias, en un soleado mediodía de la ahora opulenta España.

Evita fue el factor místico que completó el Movimiento. Fue el lado más desgarrado y popular del peronismo. Trabajó codo a codo con los sindicatos de la ahora todopoderosa Confederación General del Trabajo, que con la nueva afiliación obligatoria contaban con grandes fondos con los cuales construyeron los mejores hospitales, colonias de vacaciones, hoteles para sus afiliados, y fueron cimentando una casta de dirigentes sindicales que con el tiempo se fue transformando en una auténtica mafia con armas, putas y gustos muy caros.

Pero en esa época aún no lo eran, todavía eran los fuertes brazos de Evita que para las elecciones del 52 le piden que sea candidata a vicepresidenta, y esto genera una fuerte oposición en la parte política del peronismo y sobre todo en el ejército, y se produce el famoso 22 de agosto; Evita habla con su pueblo y Espejo, Secretario General de la CGT, le ruega acepte la candidatura. Evita dice: «Déjenmelo pensar», y los trabajadores que no, que no, que conteste ahora, y Evita hace entonces su famoso «Renunciamiento Histórico», y en un sentido discurso declina la invitación.

Luego vino el cáncer, que la fue devorando rápidamente, y Evita enflaquecía cada vez más pero seguía saliendo en el descapotable junto al General y le pedía al pueblo: «No me lo dejen solo al General» y finalmente murió, y ese día se agotaron todas las flores de la Argentina, y el dolor era unánime, aunque muchas risas deben haber salido de la boca de los contras, pero silenciosa y clandestinamente.

Luego en el 55 la Revolución Libertadora secuestró su cadáver embalsamado y lo tuvo escondido impidiendo al pueblo honrarlo, hasta que muchos años después, ya en los setenta, se lo devolvieron al general.

Un gobierno nacional, una dictadura, secuestrando el cadáver de una mujer muerta.

Guardándolo en secreto durante años.

Eso es el miedo.

Ese día de 1952, el Guille, que por aquel entonces tenía seis años, al enterarse de la muerte de Eva, no dijo nada y salió a deambular por el barrio, consiguió un cajón de manzanas de la marca Río Negro, lo empapeló pulcramente, puso una foto de Eva y le encendió una vela.

Fue su silencioso altar.

Su homenaje.

 

Fragmento de la novela “Una historia sencilla” Madrid-2011

 

 

Juan Quesquén
Juan Quesquén
Periodista y fotógrafo.

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